jueves, 31 de diciembre de 2020

Y mañana quién sabe.

Que 2020 ha sido un año de mierda es algo en lo que todos estamos de acuerdo. Nos ha tocado enfrentarnos a algo que no esperábamos y todos, en mayor o menor medida, hemos perdido algo importante por el camino. Familiares, amigos, empleos, sueños, esperanza, toda pérdida es grave para el que la sufre, y lamento si has tenido que despedirte para siempre de un ser querido, pero no minimices el dolor de quien ha visto morir sus ilusiones o su fe. Las personas mueren, es inevitable, pero pasado el luto todos seguimos con nuestras vidas, también es inevitable. Te lo dice alguien que, aunque a veces parezca insensible, perdió a sus dos seres más queridos hace tiempo y siguió viviendo. Cuando la esperanza muere, sin embargo, no resulta tan fácil seguir adelante. Que seguimos respirando por inercia, claro, y nos movemos de forma automática, pero no vamos a ninguna parte, porque cuando uno deja de creer que la vida tiene sentido y es incapaz de ver ningún futuro allá delante no importa si se mueve o si se queda quieto, cuando la esperanza desaparece uno no se siente vivo. Y no hay nada más terrible que esa muerte figurada, en la que no hay ni olvido ni descanso.

El 2020 y el jodido virus que nos ha arrebatado los abrazos y los sueños han dejado una lista inmensa de fallecidos, y una no menos extensa de muertos que respiran pero que se sienten vacíos por dentro.

Pero no voy a ponerme negativa. Ayer —si ayer hubiera tenido ganas de escribir, que no era el caso, porque en medio de una crisis de fe siento más necesidad de desaparecer que de comunicarme— tal vez lo habría hecho, pero hoy es mi cumpleaños y llevo toooodo el día recibiendo abrazos, felicitaciones, regalos, llamadas, mensajes de Whatsapp y tengo el muro de Facebook a petar de palabras de cariño y de aliento, y no puedo sentirme triste o desesperanzada. Ni sola, ni vacía, cuando por todas partes y a lo largo de todo el día estoy viendo que se me aprecia, que se me echa de menos, que se me recuerda, que se me quiere. Cada amigo que ha venido a darme un abrazo o que me lo ha dado de forma virtual, cada conocido que ha dedicado unos minutos de su tiempo a desearme un feliz día ha hecho que menguara mi pena por los amigos que han desaparecido a lo largo del año, y me ha recordado que incluso los años más oscuros tienen momentos bonitos, y que son esos momentos los que le dan sentido a esto de vivir.

Y es por todos ellos por los que hoy estoy aquí, escribiendo de nuevo después de varios meses sin ánimos para hacerlo.

Verás, hoy mis compañeros del trabajo me han improvisado una tarta de cumpleaños con un pastelito de Pantera Rosa y una vela. Puedes reírte si quieres, pero saben que el rosa me hace feliz, así que han acertado de pleno con su elección. Y cuando he soplado la velita no he pedido ningún deseo. Porque si algo me ha enseñado este 2020 es que a veces los deseos se cumplen, y luego pasan cosas inesperadas e incomprensibles y el deseo cumplido se hace añicos y te destroza el corazón. Así que mejor no desear, no esperar nada, no ilusionarse, volver a colocarse la coraza de tía dura, borde y cáustica y evitar ese sufrimiento que las personas sensibles que van por la vida con una armadura —precisamente porque son en exceso sensibles— sienten cuando pasan esas cosas inesperadas e incomprensibles que cambian su mundo y se les rompe el corazón. Pero después de leer cada felicitación y de cada mensaje de voz y de cada llamada recibida he pensado que sí deseo una cosa: que vuelvan los abrazos; porque no hay nada que nos dé más energía y nos haga sentir más vivos que compartir lo que guardamos bajo la coraza con las personas a las que queremos.

Bien, hay algo que quiero compartir contigo, que sigues ahí incluso cuando yo no estoy, que sigues creyendo en mí incluso cuando yo dejo de creer en todo, que me recuerdas que a pesar de lo malo merece la pena vivir, pero vivir, no limitarse a respirar por inercia. Es un pedacito de eso que escondo bajo la coraza, y también es uno de los pocos recuerdos bonitos que he conseguido reunir en este año de mierda. Por eso he decidido sacarlo de su escondite y dejarlo aquí, acaso para recordarme a mí misma que si perdemos del todo la ilusión no importará que acabe el año, porque el siguiente será igual de asqueroso.

Antes de mostrarte ese pedacito, te diré que hace tres días —el día de las inocentadas, para más señas— escribí un post en mi Facebook que alegró a muchos. Tardo menos en mostrártelo que en resumirlo, así que ahí lo tienes:



Era mentira, desde luego, la única que suelto al año, porque no está en mi naturaleza mentir —ni siquiera cuando escribo historias, por si lo estabas pensando—, y al día siguiente hubo muchas reacciones de decepción y de tristeza porque, aunque a veces parezca que lo que escribo no le interesa a nadie, hay muchos esperando leer una nueva novela de Bea Magaña, mira tú por dónde. Esas reacciones me hicieron pensar durante varias horas, y al final ganó mi crisis de fe, lo que significa que lo más probable es que nunca llegue a terminar esa novela. Pero quién sabe, con el paso de los años he descubierto que las crisis, como los años de mierda, no duran eternamente, y que puede que uno respire por inercia al principio pero con el tiempo vuelve a sentirse vivo. Y es que la esperanza y la ilusión son tercas e imparables cuando deciden regresar, y no hay coraza que logre impedirles que germinen y se hagan grandes y poderosas. Así que quién sabe. Hoy siento que no tiene sentido que siga contando esa historia, pero a veces una historia decide que quiere ser contada y con el tiempo se sale con la suya —recuerda que VASL estuvo tres años olvidada en su carpeta y un día, sin que mi deseo o mi voluntad tuvieran nada que ver, me vi tecleando como en trance y en seis días le había puesto fin—, y no tengo intenciones de enviar todas esas páginas a la papelera.

Bien, pues este fragmento es parte de esa novela, que no está narrada en primera persona, así que podríamos decir que es el prólogo, o acaso una especie de sinopsis. De hecho, puede que si algún día la termino ni siquiera forme parte de ella, por eso lo comparto. El título, como de costumbre, me lo guardo para mí. Y la moraleja, si es que la tiene, es que a veces pasan cosas inesperadas e incomprensibles que cambian tu mundo, no siempre para peor. Eso es lo que quiero recordarme a mí misma esta noche, cuando faltan apenas un par de horas para que acabe un año que nos lo ha arrebatado casi todo. Quién sabe si el nuevo año nos lo devolverá con creces. Ya sabes lo que decimos en Thèramon: ama y cree. Yo hoy ni lo uno ni lo otro, pero quién sabe mañana ;)


«Era un hombre con una vida gris, casi en un fundido a negro constante, cuyos planes no iban más allá de los próximos minutos».

    Había lanzado un SOS virtual, como siempre que me bloqueaba y necesitaba un empujoncito que me ayudara a no caer en la trampa de las excusas y la procrastinación. Muchos amigos habían respondido. Él, de los primeros. Y me había dado algo más que una frase de inicio. Me había abierto la puerta de su alma.

    O eso pensé en aquel momento.

    Lo cierto es que yo no le veía como se había reflejado en aquella frase. Para mí era un chico extraordinario en un mundo saturado de personas ordinarias, y me moría por conocer cada detalle de su historia, que presumía rica en detalles y experiencias que yo no llegaría a vivir jamás fuera de los libros. Pero qué podía saber yo, si durante los últimos cuatro años me había limitado a mirarle desde lejos y no había cambiado más de dos frases seguidas con él. Bien, algo sí sabía. Dos largas conversaciones por medio del WhatsApp me habían servido para comprobar que era mi gemelo perdido. Y eso significaba, entre otras muchas cosas, que me iba a costar la vida acercarme lo suficiente para que él se diera cuenta de lo importante que se había vuelto para mí.

    Quince años atrás no le habría llamado gemelo perdido sino alma gemela. Pero mi parte romántica había muerto en algún punto del camino que quedaba a mi espalda, y ya no creía en flechazos ni en segundas oportunidades. Había mil motivos para que él nunca llegara a fijarse en mí de esa forma en la que los hombres se fijan en una mujer, pero la principal era que yo no esperaba que lo hiciera. No estaba preparada para derribar el muro que había construido a mi alrededor, ni para quitarme la coraza con la que me protegía del mundo en general y de los hombres en particular. Me había costado años recomponer mi corazón y no estaba dispuesta a verlo otra vez roto en un millón de pedazos. Por suerte para mí, era un espíritu afín: jamás me miraría con ojos de hombre porque estaba tan roto como yo.

    Y el hecho de que me lo dijera de aquella forma me daba esperanzas. Bien podría ser que estuviera equivocándome al dar por sentado que aquella confesión disfrazada de sinopsis era su propio grito de auxilio, pero si mi intuición era acertada el acercamiento sería inevitable. A largo plazo, eso sí. Pero con paciencia y con tiempo llegaría a conocerle.

    No quería nada más. Acercarme lo suficiente para llegar a ver al hombre que existía tras la coraza, ganarme su confianza, tener la oportunidad de pintar de colores su mundo y desterrar el gris de su vida. Me encantaba hablar con él, aunque solamente lo hiciéramos por mensajes de móvil, y sobre todo adoraba lo que me transmitía aun sin ser consciente de ello: cuando él aparecía salía el sol y cuando sonreía, algo que no hacía con frecuencia pero que siempre hacía cuando me miraba, llegaba la primavera. Nadie más había conseguido despertar tanto mi curiosidad como mi interés, y con el tiempo verle se había convertido en una necesidad. Sin embargo, no fantaseaba con un futuro juntos, ni siquiera imaginaba cómo sería formar parte de su vida, el órgano dedicado a fabricar ese tipo de sentimientos no me funcionaba desde hacía demasiado tiempo. Únicamente quería ser su amiga.

    Inocente de mí, no había contado con el deseo.