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sábado, 16 de julio de 2022

VOY A SER LEYENDA. FASE UNO: LA NOCHE DEL COMETA a la venta en Amazon

 

VOY A SER LEYENDA. FASE UNO: LA NOCHE DEL COMETA

Ha esperado seis años para salir al mundo, pero por fin le ha llegado el momento. Con un doble prólogo muy especial, la perfecta maquetación interior de James Crawford Publishing y la portada más yo que hubiera podido imaginar, obra de Ana Ruiz Campillo, disponible en formato papel y e-book en amazon, mi Zeta llega para echar la llave a la puerta que cierra definitivamente un ciclo y para hacerte pasar muy buenos/malos ratos.

 
La Oscuridad nos convierte en monstruos. Me refiero a la Oscuridad que constriñe el alma. Esa que nos devora poco a poco hasta convertirnos en carcasas vacías que deambulan por el mundo como zombis, sin cerebro, sin corazón.

Una chica sola, en un entorno hostil lleno de calles oscuras y puertas cerradas. Esa era yo: indefensa, impotente, asustada, sin esperanza. Sin nada por lo que luchar, excepto un gato. Sin armas para hacerlo, salvo una rabia inmensa que no debía liberar.

Necesitaba un apocalipsis. Uno metafórico, quiero decir. Uno que supusiera un fin de ciclo. Un detonante que me ayudara a liberarme de esa maldita Oscuridad que me impedía evolucionar y me ayudara a encontrar el valor para volver a sentirme viva.

Entonces pasó el cometa y se desató la única plaga que no se puede detener. Y tuve mi apocalipsis, sí. Uno literal. Un jodido fin del mundo para el que no estaba preparada.

Porque no se trataba únicamente de sobrevivir a lo que fuese que acechaba oculto por la niebla. Los gemidos, los golpes en las puertas y lo que habíamos visto en el almacén dejaban bien claro que la palabra «futuro» había dejado de tener sentido. Cuando la muerte es inevitable, lo único que podemos hacer es intentar no morir como monstruos. Pero ¿cómo salir victoriosa cuando los peores monstruos a los que debía enfrentarme no se hallaban precisamente al otro lado de las puertas?

jueves, 31 de diciembre de 2020

Y mañana quién sabe.

Que 2020 ha sido un año de mierda es algo en lo que todos estamos de acuerdo. Nos ha tocado enfrentarnos a algo que no esperábamos y todos, en mayor o menor medida, hemos perdido algo importante por el camino. Familiares, amigos, empleos, sueños, esperanza, toda pérdida es grave para el que la sufre, y lamento si has tenido que despedirte para siempre de un ser querido, pero no minimices el dolor de quien ha visto morir sus ilusiones o su fe. Las personas mueren, es inevitable, pero pasado el luto todos seguimos con nuestras vidas, también es inevitable. Te lo dice alguien que, aunque a veces parezca insensible, perdió a sus dos seres más queridos hace tiempo y siguió viviendo. Cuando la esperanza muere, sin embargo, no resulta tan fácil seguir adelante. Que seguimos respirando por inercia, claro, y nos movemos de forma automática, pero no vamos a ninguna parte, porque cuando uno deja de creer que la vida tiene sentido y es incapaz de ver ningún futuro allá delante no importa si se mueve o si se queda quieto, cuando la esperanza desaparece uno no se siente vivo. Y no hay nada más terrible que esa muerte figurada, en la que no hay ni olvido ni descanso.

El 2020 y el jodido virus que nos ha arrebatado los abrazos y los sueños han dejado una lista inmensa de fallecidos, y una no menos extensa de muertos que respiran pero que se sienten vacíos por dentro.

Pero no voy a ponerme negativa. Ayer —si ayer hubiera tenido ganas de escribir, que no era el caso, porque en medio de una crisis de fe siento más necesidad de desaparecer que de comunicarme— tal vez lo habría hecho, pero hoy es mi cumpleaños y llevo toooodo el día recibiendo abrazos, felicitaciones, regalos, llamadas, mensajes de Whatsapp y tengo el muro de Facebook a petar de palabras de cariño y de aliento, y no puedo sentirme triste o desesperanzada. Ni sola, ni vacía, cuando por todas partes y a lo largo de todo el día estoy viendo que se me aprecia, que se me echa de menos, que se me recuerda, que se me quiere. Cada amigo que ha venido a darme un abrazo o que me lo ha dado de forma virtual, cada conocido que ha dedicado unos minutos de su tiempo a desearme un feliz día ha hecho que menguara mi pena por los amigos que han desaparecido a lo largo del año, y me ha recordado que incluso los años más oscuros tienen momentos bonitos, y que son esos momentos los que le dan sentido a esto de vivir.

Y es por todos ellos por los que hoy estoy aquí, escribiendo de nuevo después de varios meses sin ánimos para hacerlo.

Verás, hoy mis compañeros del trabajo me han improvisado una tarta de cumpleaños con un pastelito de Pantera Rosa y una vela. Puedes reírte si quieres, pero saben que el rosa me hace feliz, así que han acertado de pleno con su elección. Y cuando he soplado la velita no he pedido ningún deseo. Porque si algo me ha enseñado este 2020 es que a veces los deseos se cumplen, y luego pasan cosas inesperadas e incomprensibles y el deseo cumplido se hace añicos y te destroza el corazón. Así que mejor no desear, no esperar nada, no ilusionarse, volver a colocarse la coraza de tía dura, borde y cáustica y evitar ese sufrimiento que las personas sensibles que van por la vida con una armadura —precisamente porque son en exceso sensibles— sienten cuando pasan esas cosas inesperadas e incomprensibles que cambian su mundo y se les rompe el corazón. Pero después de leer cada felicitación y de cada mensaje de voz y de cada llamada recibida he pensado que sí deseo una cosa: que vuelvan los abrazos; porque no hay nada que nos dé más energía y nos haga sentir más vivos que compartir lo que guardamos bajo la coraza con las personas a las que queremos.

Bien, hay algo que quiero compartir contigo, que sigues ahí incluso cuando yo no estoy, que sigues creyendo en mí incluso cuando yo dejo de creer en todo, que me recuerdas que a pesar de lo malo merece la pena vivir, pero vivir, no limitarse a respirar por inercia. Es un pedacito de eso que escondo bajo la coraza, y también es uno de los pocos recuerdos bonitos que he conseguido reunir en este año de mierda. Por eso he decidido sacarlo de su escondite y dejarlo aquí, acaso para recordarme a mí misma que si perdemos del todo la ilusión no importará que acabe el año, porque el siguiente será igual de asqueroso.

Antes de mostrarte ese pedacito, te diré que hace tres días —el día de las inocentadas, para más señas— escribí un post en mi Facebook que alegró a muchos. Tardo menos en mostrártelo que en resumirlo, así que ahí lo tienes:



Era mentira, desde luego, la única que suelto al año, porque no está en mi naturaleza mentir —ni siquiera cuando escribo historias, por si lo estabas pensando—, y al día siguiente hubo muchas reacciones de decepción y de tristeza porque, aunque a veces parezca que lo que escribo no le interesa a nadie, hay muchos esperando leer una nueva novela de Bea Magaña, mira tú por dónde. Esas reacciones me hicieron pensar durante varias horas, y al final ganó mi crisis de fe, lo que significa que lo más probable es que nunca llegue a terminar esa novela. Pero quién sabe, con el paso de los años he descubierto que las crisis, como los años de mierda, no duran eternamente, y que puede que uno respire por inercia al principio pero con el tiempo vuelve a sentirse vivo. Y es que la esperanza y la ilusión son tercas e imparables cuando deciden regresar, y no hay coraza que logre impedirles que germinen y se hagan grandes y poderosas. Así que quién sabe. Hoy siento que no tiene sentido que siga contando esa historia, pero a veces una historia decide que quiere ser contada y con el tiempo se sale con la suya —recuerda que VASL estuvo tres años olvidada en su carpeta y un día, sin que mi deseo o mi voluntad tuvieran nada que ver, me vi tecleando como en trance y en seis días le había puesto fin—, y no tengo intenciones de enviar todas esas páginas a la papelera.

Bien, pues este fragmento es parte de esa novela, que no está narrada en primera persona, así que podríamos decir que es el prólogo, o acaso una especie de sinopsis. De hecho, puede que si algún día la termino ni siquiera forme parte de ella, por eso lo comparto. El título, como de costumbre, me lo guardo para mí. Y la moraleja, si es que la tiene, es que a veces pasan cosas inesperadas e incomprensibles que cambian tu mundo, no siempre para peor. Eso es lo que quiero recordarme a mí misma esta noche, cuando faltan apenas un par de horas para que acabe un año que nos lo ha arrebatado casi todo. Quién sabe si el nuevo año nos lo devolverá con creces. Ya sabes lo que decimos en Thèramon: ama y cree. Yo hoy ni lo uno ni lo otro, pero quién sabe mañana ;)


«Era un hombre con una vida gris, casi en un fundido a negro constante, cuyos planes no iban más allá de los próximos minutos».

    Había lanzado un SOS virtual, como siempre que me bloqueaba y necesitaba un empujoncito que me ayudara a no caer en la trampa de las excusas y la procrastinación. Muchos amigos habían respondido. Él, de los primeros. Y me había dado algo más que una frase de inicio. Me había abierto la puerta de su alma.

    O eso pensé en aquel momento.

    Lo cierto es que yo no le veía como se había reflejado en aquella frase. Para mí era un chico extraordinario en un mundo saturado de personas ordinarias, y me moría por conocer cada detalle de su historia, que presumía rica en detalles y experiencias que yo no llegaría a vivir jamás fuera de los libros. Pero qué podía saber yo, si durante los últimos cuatro años me había limitado a mirarle desde lejos y no había cambiado más de dos frases seguidas con él. Bien, algo sí sabía. Dos largas conversaciones por medio del WhatsApp me habían servido para comprobar que era mi gemelo perdido. Y eso significaba, entre otras muchas cosas, que me iba a costar la vida acercarme lo suficiente para que él se diera cuenta de lo importante que se había vuelto para mí.

    Quince años atrás no le habría llamado gemelo perdido sino alma gemela. Pero mi parte romántica había muerto en algún punto del camino que quedaba a mi espalda, y ya no creía en flechazos ni en segundas oportunidades. Había mil motivos para que él nunca llegara a fijarse en mí de esa forma en la que los hombres se fijan en una mujer, pero la principal era que yo no esperaba que lo hiciera. No estaba preparada para derribar el muro que había construido a mi alrededor, ni para quitarme la coraza con la que me protegía del mundo en general y de los hombres en particular. Me había costado años recomponer mi corazón y no estaba dispuesta a verlo otra vez roto en un millón de pedazos. Por suerte para mí, era un espíritu afín: jamás me miraría con ojos de hombre porque estaba tan roto como yo.

    Y el hecho de que me lo dijera de aquella forma me daba esperanzas. Bien podría ser que estuviera equivocándome al dar por sentado que aquella confesión disfrazada de sinopsis era su propio grito de auxilio, pero si mi intuición era acertada el acercamiento sería inevitable. A largo plazo, eso sí. Pero con paciencia y con tiempo llegaría a conocerle.

    No quería nada más. Acercarme lo suficiente para llegar a ver al hombre que existía tras la coraza, ganarme su confianza, tener la oportunidad de pintar de colores su mundo y desterrar el gris de su vida. Me encantaba hablar con él, aunque solamente lo hiciéramos por mensajes de móvil, y sobre todo adoraba lo que me transmitía aun sin ser consciente de ello: cuando él aparecía salía el sol y cuando sonreía, algo que no hacía con frecuencia pero que siempre hacía cuando me miraba, llegaba la primavera. Nadie más había conseguido despertar tanto mi curiosidad como mi interés, y con el tiempo verle se había convertido en una necesidad. Sin embargo, no fantaseaba con un futuro juntos, ni siquiera imaginaba cómo sería formar parte de su vida, el órgano dedicado a fabricar ese tipo de sentimientos no me funcionaba desde hacía demasiado tiempo. Únicamente quería ser su amiga.

    Inocente de mí, no había contado con el deseo.


viernes, 27 de septiembre de 2013

Recomendados: El chico perfecto no sabe bailar el twist, de Bea Magaña



Bueno, ¿por qué no? Si en esta sección voy a recomendar los libros que me han marcado, inspirado, enseñado o motivado, los libros que he disfrutado y que me han llegado al corazón, ¿por qué no iba a añadir este título? ¿Sólo porque lo haya escrito yo? La opinión que voy a dejarte sobre él es tan objetiva como las que te daré sobre el resto de libros que te recomiende. Y para que veas que me lo tomo en serio, voy a intentar presentártela de la manera más difícil: imaginándome que no soy Bea Magaña, sino una de sus lectoras habituales (para ayudarme en esta tarea, tendré muy presente la opinión de la mayoría de mis lectores habituales, así que espero que no me taches de narcisista, la opinión de mis lectores habituales es muy positiva 8) y yo no tengo por costumbre falsear o adornar las críticas: si son malas, son malas, se aceptan y se aprende de ellas, pero si son buenas, ¡qué demonios!, no es pecado mostrarlas, el único inconveniente de recibirlas es que te ponen el listón muy alto y te obligan a dar lo mejor de ti para no defraudar las expectativas de tus lectores).

Bien, ahí voy:

El chico perfecto no sabe bailar el twist es la primera novela de Bea Magaña que ve la luz. La autora ha escogido el camino de la autopublicación para presentarse ante el mundo por dos motivos: su extremada timidez, y la insistencia de sus lectores, que exigían más que pedían tener esta novela en sus manos. Y se ha decantado por Amazon porque la plataforma digital le daba la oportunidad de complacer a sus lectores al tiempo que le evitaba tener que enfrentarse a su primera presentación oficial, para la cual asegura no sentirse preparada. Su decisión ha sido aplaudida por numerosos conocidos, amigos ¡y hasta familiares!, y la buena acogida que ha tenido el libro entre sus lectores habituales le ha hecho convencerse de que tomó la decisión correcta.

Esta historia no es la ópera prima de Bea Magaña. Pero sí es la primera novela suya que tenemos disponible de momento. Puedes conseguirla tanto en ebook como en papel (tapa blanda) a muy buen precio. También puedes leerla de forma gratuita en Wattpad, si bien aquí no la encontrarás completa. Aunque creo que la intención de la autora es seguir colgando capítulos, pues su deseo es que sus obras sean leídas y que su nombre sea conocido y vaya asociado a profesionalidad, saber hacer y calidad literaria: «el éxito no consiste en vender libros caros y ganar mucho dinero con ellos, ni en vender muchos libros baratos y ganar dinero con ellos; el éxito es cuando consigues llegar a muchos lectores y tu nombre se pronuncia con respeto y con admiración, y se te valora como escritora, y tus lectores te piden más. Nadie llega y alcanza la fama a la primera; de hecho, nadie debería aspirar a eso, sólo unos pocos han nacido para ser Stephen King o J.K.Rowling, los demás tenemos que trabajar mucho y tomárnoslo en serio para llegar (si acaso) a rozar la Fama con la punta de los dedos. Pero hay que empezar por algún sitio. Y ganarse una buena reputación con tu primera novela es un buen modo de comenzar a recorrer el camino».

Bien, es la hora de calificar esta novela. No le voy a dar la nota más alta porque sé de primera mano que la autora es capaz de ofrecernos historias Magníficas, pero sí le doy un Aprobado Con Nota, con nota muy alta. El chico perfecto no sabe bailar el twist es una historia que te llega al corazón. Romance o comedia romántica, Chik-Lit o narrativa contemporánea, juvenil o juvenil-adulta, no acabo de encontrarle una etiqueta que la defina. Pero sí puedo decirte lo que yo le he visto:
- Diálogos llenos de frescura, situaciones cotidianas que has vivido personalmente en alguna ocasión, narradas con habilidad; ternura e ironía muy bien combinadas.
- Personajes llenos de vida con los que te identificas fácilmente y de los que te enamoras sin darte cuenta, o a los que odias sin poder evitarlo.
- Calidad literaria, esto te lo digo por si eres de los que piensan que autopublicación es sinónimo de mediocridad.
- Y un mensaje que podemos resumir en la cita que la autora nos deja en la primera página:

«Todos deberíamos tener el valor de perseguir nuestros sueños, hasta alcanzarlos.
El truco: desearlo de corazón.
Lo difícil: saber distinguir los sueños de las fantasías.
Y muy importante: tener un amigo que nos apoye en todo momento»


Talento, imaginación, una prosa que emociona y que engancha, y la capacidad para transmitir emociones, son la firma de esta autora que no se conforma con entretenerte, sino que escribe «para hacerte sentir algo», como ella misma dice. Y, a tenor de las opiniones de sus lectores, lo consigue.


Te dejo la portada y la sinopsis para que vayas abriendo boca. En esta ocasión Bea Magaña nos trae una historia de corte juvenil-romántica que podríamos etiquetar como Chik-Lit, en la que nos habla de sueños y de fantasías, de amistad y lealtad, de celos y de traición, de madurez y de amor verdadero. Si bien no es el género al que la autora nos tiene acostumbrados, pues sus lectores la conocimos como escritora de fantasía épica, no tendremos problemas en reconocer su estilo, pues su prosa sigue siendo ágil, directa y conserva esa musicalidad y esa elegancia que nos enamoró cuando la descubrimos en su blog Historias de Thèramon, cuya visita también te recomiendo si quieres conocerla mejor y descubrir un mundo fantástico que te hará soñar y volver a creer en la magia.


Segovia, año 96. Tres años después de haber terminado el instituto, Carla y Caterina se niegan a dejar morir su amistad, a pesar de que parece que ya no tienen nada en común. 
Carla se ha convertido en toda una mujer, estudia Derecho en el colegio universitario, sale con un chico maravilloso y se siente feliz por haber recuperado a su mejor amiga. Caterina trabaja en el taller mecánico de su tío, sale los fines de semana con un grupo de chicos entre los que se cuenta como uno más y afirma no necesitar un novio para sentirse feliz.
Pero no todo es lo que parece. Detrás del amor profundo y sincero de Carla se oculta un sentimiento egoísta, la vanidad de una mujer insegura, una necesidad obsesiva de ser admirada y envidiada y la codicia de quien ha conseguido el tesoro que todo el mundo anhela y muy pocos encuentran. Mientras que detrás de esa máscara de chica dura, debajo de las ropas de camionero y de las manchas de aceite de motores, se esconde una Caterina hermosa y romántica que valora los sentimientos por encima de todo y que sueña con encontrar un gran amor, tal como hacía cuando era una adolescente
Y un día descubre que su chico perfecto existe en el mundo real... Y que se encuentra a tan solo una amiga de distancia.



Y aquí tienes la contraportada. ¿No crees que es sugerente?



¿Qué harías si descubrieras que el chico perfecto con el que siempre has soñado existe en el mundo real?
¿Te conformarías con tener a tu lado a un chico corriente que te adora, o perseguirías tu sueño hasta conseguirlo?

¿Y si tu chico perfecto fuera el novio de tu mejor amiga?














*Nota de la autora: he escrito esta recomendación tratando de ser lo más objetiva posible. Quienes me conocen saben que me ruborizo cada vez que alguien dice que mi prosa es magnífica; que soy perfeccionista y autocrítica; que El chico perfecto no sabe bailar el twist no es la mejor novela que he escrito, pero que considero que es buena; y que las opiniones y las críticas de mis lectores (en las que me he basado para escribir esta recomendación) son reales y puedes encontrarlas a lo largo del blog de Thèramon (como comprenderás, no voy a mostrarte las que recibo en mi buzón de mensajes privados). Por supuesto, eres libre de leer mi trabajo y decidir que no estás de acuerdo con esas opiniones, en ese caso te invito a que vengas y me dejes tu crítica, pues todas las opiniones me ayudan a mejorar como escritora. Soy consciente de que no se puede gustar a todo el mundo. Y de que la novela que he elegido como carta de presentación pertenece a un género al que muchos lectores (e incluyo aquí a algunos de mis amigos) no se acercarían ni bajo tortura 8)

Pero como te he dicho otras veces, hay que empezar por algún sitio. Y si esta novela tiene buena acogida, quizás lo tenga un poco más fácil a la hora de presentar Thèramon o Z al mundo.

¿Qué me dices? ¿Le das una oportunidad?