Que 2020 ha sido un año
de mierda es algo en lo que todos estamos de acuerdo. Nos ha tocado
enfrentarnos a algo que no esperábamos y todos, en mayor o menor
medida, hemos perdido algo importante por el camino. Familiares,
amigos, empleos, sueños, esperanza, toda pérdida es grave para el
que la sufre, y lamento si has tenido que despedirte para siempre de
un ser querido, pero no minimices el dolor de quien ha visto morir
sus ilusiones o su fe. Las personas mueren, es inevitable, pero
pasado el luto todos seguimos con nuestras vidas, también es
inevitable. Te lo dice alguien que, aunque a veces parezca
insensible, perdió a sus dos seres más queridos hace tiempo y
siguió viviendo. Cuando la esperanza muere, sin embargo, no resulta
tan fácil seguir adelante. Que seguimos respirando por inercia,
claro, y nos movemos de forma automática, pero no vamos a ninguna
parte, porque cuando uno deja de creer que la vida tiene sentido y es
incapaz de ver ningún futuro allá delante no importa si se mueve o
si se queda quieto, cuando la esperanza desaparece uno no se siente
vivo. Y no hay nada más terrible que esa muerte figurada, en la que
no hay ni olvido ni descanso.
El 2020 y el jodido
virus que nos ha arrebatado los abrazos y los sueños han dejado una
lista inmensa de fallecidos, y una no menos extensa de muertos que
respiran pero que se sienten vacíos por dentro.
Pero no voy a ponerme
negativa. Ayer —si ayer hubiera tenido ganas de escribir, que no
era el caso, porque en medio de una crisis de fe siento más
necesidad de desaparecer que de comunicarme— tal vez lo habría
hecho, pero hoy es mi cumpleaños y llevo toooodo el día recibiendo
abrazos, felicitaciones, regalos, llamadas, mensajes de Whatsapp y
tengo el muro de Facebook a petar de palabras de cariño y de
aliento, y no puedo sentirme triste o desesperanzada. Ni sola, ni
vacía, cuando por todas partes y a lo largo de todo el día estoy
viendo que se me aprecia, que se me echa de menos, que se me
recuerda, que se me quiere. Cada amigo que ha venido a darme un
abrazo o que me lo ha dado de forma virtual, cada conocido que ha
dedicado unos minutos de su tiempo a desearme un feliz día ha hecho
que menguara mi pena por los amigos que han desaparecido a lo largo
del año, y me ha recordado que incluso los años más oscuros tienen
momentos bonitos, y que son esos momentos los que le dan sentido a
esto de vivir.
Y es por todos ellos por
los que hoy estoy aquí, escribiendo de nuevo después de varios
meses sin ánimos para hacerlo.
Verás, hoy mis
compañeros del trabajo me han improvisado una tarta de cumpleaños
con un pastelito de Pantera Rosa y una vela. Puedes reírte si
quieres, pero saben que el rosa me hace feliz, así que han acertado
de pleno con su elección. Y cuando he soplado la velita no he pedido
ningún deseo. Porque si algo me ha enseñado este 2020 es que a
veces los deseos se cumplen, y luego pasan cosas inesperadas e
incomprensibles y el deseo cumplido se hace añicos y te destroza el
corazón. Así que mejor no desear, no esperar nada, no ilusionarse,
volver a colocarse la coraza de tía dura, borde y cáustica y evitar
ese sufrimiento que las personas sensibles que van por la vida con
una armadura —precisamente porque son en exceso sensibles—
sienten cuando pasan esas cosas inesperadas e incomprensibles que
cambian su mundo y se les rompe el corazón. Pero después de leer
cada felicitación y de cada mensaje de voz y de cada llamada
recibida he pensado que sí deseo una cosa: que vuelvan los abrazos;
porque no hay nada que nos dé más energía y nos haga sentir más
vivos que compartir lo que guardamos bajo la coraza con las personas
a las que queremos.
Bien, hay algo que
quiero compartir contigo, que sigues ahí incluso cuando yo no estoy,
que sigues creyendo en mí incluso cuando yo dejo de creer en todo,
que me recuerdas que a pesar de lo malo merece la pena vivir, pero
vivir, no limitarse a respirar por inercia. Es un pedacito de eso que
escondo bajo la coraza, y también es uno de los pocos recuerdos
bonitos que he conseguido reunir en este año de mierda. Por eso he
decidido sacarlo de su escondite y dejarlo aquí, acaso para
recordarme a mí misma que si perdemos del todo la ilusión no
importará que acabe el año, porque el siguiente será igual de
asqueroso.
Antes de mostrarte ese
pedacito, te diré que hace tres días —el día de las inocentadas, para más señas— escribí un post en mi
Facebook que alegró a muchos. Tardo menos en mostrártelo que en
resumirlo, así que ahí lo tienes:

Era mentira, desde
luego, la única que suelto al año, porque no está en mi naturaleza
mentir —ni siquiera cuando escribo historias, por si lo estabas
pensando—, y al día siguiente hubo muchas reacciones de decepción
y de tristeza porque, aunque a veces parezca que lo que escribo no le
interesa a nadie, hay muchos esperando leer una nueva novela de Bea
Magaña, mira tú por dónde. Esas reacciones me hicieron pensar
durante varias horas, y al final ganó mi crisis de fe, lo que
significa que lo más probable es que nunca llegue a terminar esa
novela. Pero quién sabe, con el paso de los años he descubierto que
las crisis, como los años de mierda, no duran eternamente, y que
puede que uno respire por inercia al principio pero con el tiempo
vuelve a sentirse vivo. Y es que la esperanza y la ilusión son
tercas e imparables cuando deciden regresar, y no hay coraza que
logre impedirles que germinen y se hagan grandes y poderosas. Así
que quién sabe. Hoy siento que no tiene sentido que siga contando
esa historia, pero a veces una historia decide que quiere ser contada
y con el tiempo se sale con la suya —recuerda que VASL estuvo tres
años olvidada en su carpeta y un día, sin que mi deseo o mi
voluntad tuvieran nada que ver, me vi tecleando como en trance y en
seis días le había puesto fin—, y no tengo intenciones de enviar
todas esas páginas a la papelera.
Bien, pues este
fragmento es parte de esa novela, que no está narrada en primera
persona, así que podríamos decir que es el prólogo, o acaso una
especie de sinopsis. De hecho, puede que si algún día la termino ni
siquiera forme parte de ella, por eso lo comparto. El título, como
de costumbre, me lo guardo para mí. Y la moraleja, si es que la
tiene, es que a veces pasan cosas inesperadas e incomprensibles que
cambian tu mundo, no siempre para peor. Eso es lo que quiero
recordarme a mí misma esta noche, cuando faltan apenas un par de
horas para que acabe un año que nos lo ha arrebatado casi todo.
Quién sabe si el nuevo año nos lo devolverá con creces. Ya sabes
lo que decimos en Thèramon: ama y cree. Yo hoy ni lo uno ni lo otro,
pero quién sabe mañana ;)
«Era un hombre con una
vida gris, casi en un fundido a negro constante, cuyos planes no iban
más allá de los próximos minutos».
Había lanzado un SOS
virtual, como siempre que me bloqueaba y necesitaba un empujoncito
que me ayudara a no caer en la trampa de las excusas y la
procrastinación. Muchos amigos habían respondido. Él, de los
primeros. Y me había dado algo más que una frase de inicio. Me
había abierto la puerta de su alma.
O eso pensé en aquel
momento.
Lo cierto es que yo no
le veía como se había reflejado en aquella frase. Para mí era un
chico extraordinario en un mundo saturado de personas ordinarias, y
me moría por conocer cada detalle de su historia, que presumía rica
en detalles y experiencias que yo no llegaría a vivir jamás fuera
de los libros. Pero qué podía saber yo, si durante los últimos
cuatro años me había limitado a mirarle desde lejos y no había
cambiado más de dos frases seguidas con él. Bien, algo sí sabía.
Dos largas conversaciones por medio del WhatsApp me habían servido
para comprobar que era mi gemelo perdido. Y eso significaba, entre
otras muchas cosas, que me iba a costar la vida acercarme lo
suficiente para que él se diera cuenta de lo importante que se había
vuelto para mí.
Quince años atrás no
le habría llamado gemelo perdido sino alma gemela. Pero mi parte
romántica había muerto en algún punto del camino que quedaba a mi
espalda, y ya no creía en flechazos ni en segundas oportunidades.
Había mil motivos para que él nunca llegara a fijarse en mí de esa
forma en la que los hombres se fijan en una mujer, pero la principal
era que yo no esperaba que lo hiciera. No estaba preparada para
derribar el muro que había construido a mi alrededor, ni para
quitarme la coraza con la que me protegía del mundo en general y de
los hombres en particular. Me había costado años recomponer mi
corazón y no estaba dispuesta a verlo otra vez roto en un millón de
pedazos. Por suerte para mí, era un espíritu afín: jamás me
miraría con ojos de hombre porque estaba tan roto como yo.
Y el hecho de que me lo
dijera de aquella forma me daba esperanzas. Bien podría ser que
estuviera equivocándome al dar por sentado que aquella confesión
disfrazada de sinopsis era su propio grito de auxilio, pero si mi
intuición era acertada el acercamiento sería inevitable. A largo
plazo, eso sí. Pero con paciencia y con tiempo llegaría a
conocerle.
No quería nada más.
Acercarme lo suficiente para llegar a ver al hombre que existía tras
la coraza, ganarme su confianza, tener la oportunidad de pintar de
colores su mundo y desterrar el gris de su vida. Me encantaba hablar
con él, aunque solamente lo hiciéramos por mensajes de móvil, y
sobre todo adoraba lo que me transmitía aun sin ser consciente de
ello: cuando él aparecía salía el sol y cuando sonreía, algo que
no hacía con frecuencia pero que siempre hacía cuando me miraba,
llegaba la primavera. Nadie más había conseguido despertar tanto mi
curiosidad como mi interés, y con el tiempo verle se había
convertido en una necesidad. Sin embargo, no fantaseaba con un futuro
juntos, ni siquiera imaginaba cómo sería formar parte de su vida,
el órgano dedicado a fabricar ese tipo de sentimientos no me
funcionaba desde hacía demasiado tiempo. Únicamente quería ser su
amiga.
Inocente de mí, no
había contado con el deseo.