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domingo, 25 de mayo de 2025

Desde el silencio (IV)

De nuevo apurando hasta el último momento, ¿eh? Pero me dije que al menos una entrada al mes, así que aquí estoy, dispuesta a cumplir mi reto personal.

Hoy te traigo el último post rescatado de mi muro de Facebook, esta vez ya no desde el silencio, porque ya había empezado con mi otro reto, el de teclear todos los días aunque fuera un párrafo. Reto que estoy cumpliendo a rajatabla, y permíteme que me dé una palmadita en la espalda, porque una de las cosas que he aprendido en los últimos años es que debemos felicitarnos por cada pequeño éxito, por cada pequeña victoria, por cada pequeño avance. Sí, estoy cumpliendo mi reto de teclear cada día aunque sea un párrafo, ergo he desterrado el silencio en el que me había sumido (o escondido) durante los últimos años.

¿Significa eso que ya estoy curada, que ya estoy preparada para abrir el procesador de textos y lanzarme a contar una historia como si nunca hubiera dejado de hacerlo? Lamento decir que no. Cada día me cuesta empezar, y casi nunca sé qué contar, pero tecleo la primera palabra y, sorprendentemente, las siguientes suelen salir solas, sin esfuerzo, sin que tenga que pensarme cómo seguir. No siempre escribo cosas interesantes, a veces me conformo con un párrafo, pero la mayoría de las noches consigo teclear posts más extensos, así que algo sí he avanzado. Diría que bastante, pues hace un año ni me planteaba volver a actualizar el blog, y ahora, aunque no con la regularidad que me gustaría, aquí estoy. Intentándolo, al menos, y no es poca cosa, eh.

Con estas reflexiones, no sólo estoy buscando el modo de volver, de arrancar, de recuperar eso que todavía no regresa (pero cada vez siento más cerca), también pretendo transmitirte esperanza. Porque puede que tú también estés pasando por una época de bloqueo, sea literario o emocional, y estés dando vueltas a la misma rotonda una y otra vez y no veas la salida, o sí la veas pero no encuentres el modo de tomarla. Yo tardé años, y lo logré. Y si yo lo logré, créeme, tú también puedes conseguirlo. Con paciencia, con voluntad, con constancia. Simplemente, ama y cree. Porque el amor es la fuente de toda creación y la fe es la fuente de todo poder.

Da un paso adelante, aunque tengas miedo, aunque no sepas hacia dónde quieres ir. Cuando empiezas a moverte, ya estás haciendo que suceda. No importa cuánto tiempo te lleve, no se trata de velocidad, sino de crear un hábito y mantenerlo. Recuerda que antes de echar a volar debemos reaprender a andar.



19 enero 2025

«No sé qué contar, por eso no escribo». «Tengo muchas historias empezadas y no sé cuál elegir, por eso no escribo». Frases como estas eran frecuentes en mí hasta hace relativamente poco. Todas negativas: no sé, no puedo, no quiero, no me gusta... Y todas ellas excusas.

Comprender que eran excusas fue el primer paso. Aceptarlo, el segundo. Y, créeme, aceptar es más difícil que abrir los ojos y darse cuenta de las cosas. Pero poco a poco vamos haciendo el camino, y vamos aprendiendo, y evolucionando.

Una vez que superas el obstáculo de la aceptación, queda el otro paso más difícil: ponerle remedio y empezar a avanzar en la dirección correcta. Pero ¿cómo? No hay un manual de usuario, no hay mapa, no hay senséi que te guíe. Así que empiezas por escuchar a tu corazón. Ese que hasta hace poco estaba lleno de miedo y de dudas que alimentaban al cerebro y lo animaban a aconsejarte que siguieras con las excusas. Cuando el corazón está lleno de miedo, apenas siente, por eso el cerebro toma el mando y te dice que no puedes hacer lo que quieres, que en realidad no quieres nada, que no merece la pena el esfuerzo. Te dices que quieres escribir, y te dices que no puedes, que no sabes cómo empezar después de tanto tiempo, pero no te das cuenta de que no quieres hacerlo de verdad, no es un deseo, es otra cosa: la añoranza por lo que en el pasado te resultaba tan natural como respirar, quizás; un poco de terquedad, porque te niegas a admitir que algo tan importante para ti en el pasado podría no serlo en el presente; te dices que quieres hacerlo porque no hay nada que sepas hacer mejor, no hay otras aficiones que te llenen tanto, no hay nada en el mundo que te haga más feliz. Pero nada de lo que te dices es motor suficiente, y sigues escudándote en excusas para no hacerlo.

Lo primero que hice fue cambiar mi forma de expresarme. Fuera todas esas negativas. «Odio la ansiedad que me produce no poder escribir» fue sustituido por «Me gustaría volver a sentir ese subidón que me produce escribir». Así cambias el sentimiento de frustración por el de esperanza, y a fuerza de repetirlo vas reprogramando tu cerebro.

Lo segundo que hice fue priorizar. «Me gustaría volver a escribir, pero ahora mismo me apetece más seguir leyendo, porque leer también me hace feliz». Podrías pensar que es otra excusa, y al principio yo también lo pensaba, hasta que me di cuenta de que lo que estaba haciendo era priorizar. Elegir una forma de felicidad por encima de otra. Si no escribía no era porque no pudiera, ¿lo ves? Puede que prefiriese leer porque me costaba menos esfuerzo que teclear, puede que todavía me quede demasiada pereza dentro y por eso esté tardando en dar el paso. Pero me he tomado en serio esto de sentarme a teclear cada día aunque sea un párrafo, y estoy viendo que nunca es sólo un párrafo, que empiezo y casi me cuesta parar, así que voy a seguir creyendo que estoy avanzando en la dirección correcta.

Lo tercero ha sido escuchar a mi corazón. ¿Quiero?, le pregunto. Y mi corazón, que ya no está lleno de miedo ni de dudas, asiente, pero no con el entusiasmo que necesito para que el motor se ponga en marcha. Así que le doy su tiempo. De momento ha vuelto a latir, que ya es más de lo que ha estado haciendo los últimos años. Cuando esté listo para volver a sentir, para volver a tener un sueño que desee cumplir, buscará la forma de verlo cumplido, y me dará una historia en la que hacerlo. Puede que sea una de las que tengo empezadas, puede que sea una nueva, no lo sé, no me importa. No tengo prisa. De momento, tengo esperanza, y como decimos en Thèramon: la fe es la fuente de todo poder.

Nanit. Poco a poco, paso a paso, latido a latido, hasta que el camino surja palabra a palabra.


miércoles, 30 de abril de 2025

Desde el silencio (III)

Cuando regresé en febrero, después de tres años sin actualizar este blog, te dije que ya estaba preparada para volver a escribir, y que hacerlo aquí era (pretendía ser) el primer paso, algo así como un calentar motores antes de ponerme en serio con alguna de mis novelas. Todavía no sabía cuál de ellas iba a retomar, porque durante el bloqueo empecé varias (intentos frustrados de volver a escribir) y empecé a reescribir algunas de las antiguas (las de antes del bloqueo), pero eso no me preocupaba, porque la primera meta era recuperar el hábito. Y pensé que la mejor forma de arrancar era mostrándote un poco del proceso de sanación. Había recuperado varios posts que escribí en Facebook, reflexiones breves y sin aspiraciones literarias que iba escribiendo a veces a pesar de que la mayor parte del tiempo me mantenía en silencio, como te dije en la primera entrada de este nuevo ¿comienzo? ¿ciclo?, sanando y esperando a recuperar las fuerzas para levantarme y empezar a andar antes de probar a volar otra vez. Y la idea era trasladarlas aquí a un ritmo de, digamos, una por semana, hasta dejar de hablarte desde el silencio y decir «He vuelto, y hoy quiero hablarte de...».

Pero en marzo no escribí más que una entrada, y es que se me juntaron varias novelas para corregir y un buen puñado de horas extra en el trabajo que limitaron bastante mi tiempo libre, así que me tuve que conformar con mi reto de subir un post diario en Facebook, que no es lo mismo que escribir una entrada larga para el blog, pero me está sirviendo para recuperar y mantener el hábito de escribir aunque sea un poco cada día. Reto que, eso sí, he ido cumpliendo a rajatabla a excepción de antes de ayer, porque el Apagón me impidió encender el ordenador y conectarme.

Abril ha sido un poco más de lo mismo: corregir una novela, revisar otra que ya había corregido, horas extra en el trabajo y un cursillo on line también para el trabajo, y de nuevo mi tiempo libre se ha visto seriamente limitado. Pero abril no ha terminado todavía (ya, ya, si me descuido regreso en verano, pero ya sabes que lo mío siempre ha sido apurar los plazos hasta el límite), así que me conformo con una entrada al mes, que siempre será mejor que ninguna entrada.

La reflexión que te traigo hoy vuelve a ser una de esas en las que me sale lo que yo llamo escritura automática. La escribí en enero, ya había empezado el reto de teclear un poco cada día para recuperar y asentar el hábito, y espero que te sirva de inspiración, como las anteriores.




6 enero 2025
Por lo general, nunca sé lo que voy a decir cuando me siento delante del teclado o del cuaderno. Simplemente dejo que las palabras fluyan de modo automático. A veces pienso que no tengo nada que contar y me cuesta empezar a teclear, pero de todos modos lo hago porque el tiempo de las excusas quedó atrás y no hay otra forma de asentar un hábito que haciendo lo que sea que pretendas convertir en hábito todos los días. Y no importa si tecleo una frase, dos párrafos o un post tan extenso como una entrada para el blog (esos los tengo abandonados, sí, pero tiempo al tiempo), no importa si a nadie le interesa mi anécdota o mi reflexión o mi lo que sea que vaya a dejar por aquí para leerlo dentro de un año, cuando Facebook me muestre mis recuerdos. ¿Me gusta que me lean, que me digan que mis historias son inspiradoras, o divertidas, o aterradoras, o lo que sea mientras toquen la fibra de alguien? Sí, claro. ¿Escribo para que me lean? No, definitivamente no. Publico para que me lean, pero escribo para mí, porque siempre lo he necesitado tanto como el aire para respirar. Y escribo estos estados para recordarme a mí misma que, cuando me dejo de excusas y de dudas idiotas, SíPuedo hacerlo. Y en eso estoy, en erradicar por completo las excusas.

Nanit. El mayor obstáculo que vas a encontrar a lo largo de tu camino eres tú mismo cuando te autoboicoteas, te pones mil excusas a las que llamas miedo, dudas, bloqueo o desmotivación, y te olvidas de que la única llave, escalera, arma o lo que sea que precises para salvar ese obstáculo también está dentro de ti, y se llama voluntad.


sábado, 1 de marzo de 2025

DESDE EL SILENCIO (II)

Todo proceso lleva su tiempo, sanar no es cosa de un día, y a algunas personas nos cuesta más que a otras. Quiero decir, ojalá fuéramos Lobezno (o Bea-Zeta —guiño, guiño—, para el caso) y pudiéramos regenerarnos en cuestión de minutos, pero en la vida real las heridas tardan en sanar y en cicatrizar, y algunas cicatrices no llegan a desaparecer nunca. En la vida real, si tienes una herida grave, pongamos que te has roto una pierna, vas al médico, te pone antibiótico, te cose, te escayola, te firma la baja y te da cita para la rehabilitación. Y luego tienes que aprender a moverte con una muleta y reaprender a caminar. Y cuando por fin te quitan la escayola es posible que todavía te cueste andar con ligereza. Puede incluso que llegues a cojear toda la vida. Pero ni esa cojera te impedirá seguir avanzando.

Con las heridas emocionales pasa algo parecido.

Hoy quiero mostrarte un poco más de ese proceso que, aunque empezó hace ya diez años, no empezó a notarse de verdad hasta el invierno pasado. Quiero decir que hubo conatos de mejoría, pero siempre había algo que impedía que sanara del todo. Como te dije en mi entrada anterior, en septiembre del año pasado cambié de trabajo, por fin dejé la hostelería y encontré lo que llevaba mucho tiempo buscando: un lugar en el que me sentía valorada, compañeras maravillosas, un horario cojonudo, un buen sueldo y motivos de sobra para sonreír y sentirme animada y positiva.

La reflexión que he copiado de mi muro de Facebook pretendía ser un breve resumen del año, de ese que medio mundo hace el 31 de diciembre, pero, como verás, sigo siendo “la niña que no sabía resumir”, y es que no importa que no sepa lo que voy a decir cuando me pongo a teclear, cuando regresan las ganas de comunicarme y de escribir vuelvo a practicar lo que llamo “escritura automática”, y ahí es cuando compruebo que la Bea escritora ha despertado de su letargo.

Verás que esta reflexión, además de extensa, es más positiva. Era mi cumpleaños y, aunque de nuevo lo pasé sola (con mis gatos, que ahora eran tres, tras haber rescatado a Levi de los terrenos de la fábrica en la que trabajo) ya no me sentía triste, ni sola, ni deprimida o desmotivada. Ya entonces pensaba que podía escribir una entrada para el blog, pero todavía no estaba preparada, así que me comuniqué por Facebook, la única red social que utilizo cuando quiero asomarme al mundo y en la que a veces, y a pesar del silencio que mantengo durante meses, me voy dejando mensajes para leer al año siguiente.

Ojalá mi experiencia te sirva de inspiración.

31 diciembre 2024

«La Oscuridad nos convierte en monstruos. Me refiero a la Oscuridad que constriñe el alma. Esa que nos devora poco a poco hasta convertirnos en carcasas vacías que deambulan por el mundo como zombis, sin cerebro, sin corazón». Este es el primer párrafo de la sinopsis de Voy a ser leyenda. Fase Uno: La noche del cometa, a.k.a Zeta, una novela "de terror" en la que los zombis son más metáfora que protagonistas y en la que lo que más miedo da es esa oscuridad que todos llevamos dentro y que nos convierte en la peor versión de nosotros mismos. La historia, aunque bebe de fuentes muy conocidas (ese guiño a Seven, por ejemplo, también a La noche del cometa y, por supuesto, a la maravillosa Soy leyenda de Matheson, a la cual homenajea), nace de mi propia experiencia. Pues yo misma llevo veinte años luchando contra esa maldita Oscuridad, y te diré que mi batalla ha sido larga y difícil, dado que mi mejor aliado (yo misma) era al mismo tiempo mi peor enemigo.

2004 fue el año en el que comenzó mi bloqueo. Literario, desde luego, pero emocional sobre todo, algo que tardé una década en comprender. Algunas personas evolucionamos más despacio que el resto, y nuestras armas son insuficientes o poco efectivas, tampoco todos tenemos un Samsagaz o un Ron Weasley o un ka-tet que nos arrope, nos consuele, nos acompañe y luche a nuestro lado o incluso en nuestro lugar cuando no nos sentimos lo bastante fuertes o valientes para hacerlo nosotros mismos. Lamentablemente, encontramos más personas obstáculo en nuestro camino que personas medicina, lo que ralentiza más nuestro avance.

2014 fue el año del ¿despertar? Sí, creo que podría decirlo así. Iba a poner del renacer, pero creo que despertar es la palabra correcta. Porque no salí de la Oscuridad sintiéndome una persona nueva, seguía siendo la misma niña asustada y perdida llena de miedos, de dudas, de complejos y de negatividad que había sido por diez años, pero abrí los ojos y vi por primera vez esa carcasa vacía en la que me había convertido, y la odié con todo mi corazón. Entonces me di cuenta de que seguía teniendo un corazón. No latía muy fuerte, en el sentido de que no sentía ilusión, ni esperanza, ni deseo, pero latía en el sentido de que cumplía su función, que era mantenerme viva. Y yo estaba desperdiciando esa vida lamentándome por lo que había perdido, pero no había hecho nada por intentar recuperarlo. Vale, sí, lo hice (en algún lugar de la blogosfera todavía existe un rinconcito llamado Historias de Thèramon para recordarme que, por unos pocos meses, fui capaz de volver a ser una diosa creadora de mundos), pero puse mis ilusiones, mis esperanzas y mi deseo en alguien que no los merecía y que me hizo pedazos, así que los pocos avances que conseguí en 2011 se convirtieron en cenizas). En 2014 descubrí que no estaba tan sola como pensaba, que había un puñado de personas maravillosas que creían en mí y que estaban dispuestas a sacarme de esa rueda de hámster en la que llevaba diez años dando vueltas. Cada reto literario que me propusieron y que acepté fue un paso adelante, cada relato publicado fue un pequeño éxito, cada abrazo fue inspiración y motivación, y *Haz Que Suceda* se convirtió en mi propósito, mientras que *Ama y cree* era mi mantra, porque «El amor es la fuente de toda creación, y el amor es la fuente de todo poder», así que si amas y crees puedes crear mundos, vida, magia, lo que sea que desees, lo que sea que necesites.

Pero para amar y creer tienes que aprender a amarte y a creer en ti. Y para poder amarte necesitas convertirte en tu prioridad. Durante quince años dediqué más tiempo a corregir las novelas de otros que a escribir las mías, sin pedir otra cosa a cambio que un ejemplar de esas novelas una vez que estuvieran publicadas. Recibí menos ejemplares de los que corregí, y cuando me planté y quise ser mi prioridad recibí silencio, desprecio, perdí "amigos" en esta red social, ya ni te digo cuando dije que seguiría corrigiendo pero cobrando por mi trabajo. Dar lo mejor de ti, ayudar a otros a avanzar mientras te quedas atrás y ver que los que tanto decían admirarte y quererte seguían adelante sin ti y triunfaban, y ni siquiera tenían una palabra de agradecimiento por tu apoyo, tu tiempo y tu ayuda con tus rotus de colores virtuales... Desmotivación, para empezar, y a seguir dando vueltas a la misma rotonda sin lograr encontrar la salida, puto ciclo de mierda al que llamamos zona de confort, el lugar más peligroso en el que alguien puede quedarse.

No ayudó trabajar en un sitio en el que no me sentía ni querida ni apreciada, en el que una sola (mala) persona logró que la mayoría me tratara mal, así que a la desmotivación en el terreno literario súmale la depresión y la ansiedad y las ganas de desaparecer.

2020 fue un año para olvidar, lo fue para muchos, para la mayoría, supongo; para mí, Covid fue la señal que me enviaba el universo para que cambiara el chip y empezara a dar importancia a lo que es realmente importante. Empezando por la salud, sobre todo la salud mental. Los motivos para deprimirme dejaron de parecerme motivos, se convirtieron en excusas. Todavía me costaría empezar a ver el lado positivo de todo lo que nos ocurre, y sonreír, uf, eso es lo que más me costó. No, lo que más me costó fue superar el miedo y salir de la zona de confort. Ahí el universo me mandó otra señal, o me dio un empujón, empezó con un cólico de riñón que me llevó a decir basta y a anunciar que me rendía, que dejaba el trabajo, que ya no podía seguir soportando más maltrato, luego mi doctora me dio la baja y aproveché para pedir cita con una psicóloga. Te lo digo desde ya: la salud mental es lo más importante, si ves que no puedes solo con la depresión y la ansiedad, pide ayuda profesional, te puede parecer que un psicólogo no te va a decir nada que no sepas, y probablemente sea cierto, pero te sorprenderá descubrir que todo eso que ya sabías, dicho por un profesional de la salud mental, adquiere una consistencia que tú solo no eras capaz de apreciar, y con su ayuda descubrirás que se puede salir de ese pozo. Y una vez que estás fuera, créeme, puedes empezar a tomar decisiones.

Y cuando empiezas a tomar decisiones, ¡sorpresa!, el miedo deja de tener poder sobre ti, y los obstáculos empiezan a hacerse más pequeños, hasta desaparecer, o encuentras la forma de rodearlos, de saltarlos, de atravesarlos como si estuvieran hechos de humo, como si fueran una ilusión, o mejor decir espejismo. Dejemos la palabra ilusión para referirnos a los sueños, los deseos y la esperanza.

Dejé aquel trabajo y mi mayor temor no se hizo realidad. Recuperé la autoconfianza. Dejé atrás la depresión. La ansiedad desapareció. Todavía no podía escribir, porque me faltaba estabilidad (el dinero no da la felicidad, pero sobrevivir con el sueldo de un contrato de 30 horas no es factible a largo plazo), y aunque el futuro no era algo a lo que diera vueltas en la cabeza, sí era algo que andaba por ahí dentro y no ayudaba a crear historias precisamente. Así que me dediqué a leer, recuperé mi ritmo habitual de lectura, lo que se traduce en más de 300 novelas al año (este año dije que 200 era mi límite y la aplicación de kindle ha contado 375, tengo un vicio con eso, lo sé), eso hace que mi ritmo a la hora de corregir sea tan rápido, y, sí, he corregido un buen puñado de novelas, pero ya no son mi excusa para procrastinar, que esa es otra, las putas excusas que me he ido dando durante todos estos años para no escribir... Excusas que ya no existen, por cierto.

Y por fin llego a 2024. Un gran año, debo decir. Autoconfianza, optimismo, pensamiento positivo, fe recuperada, tomé una gran decisión a pesar del miedo y, una vez más, mi mayor temor no se cumplió, al contrario, encontré un nuevo trabajo en el que me siento muy a gusto, querida, valorada, y por el que me pagan muy bien. He intentado estar más en contacto con mis mejores amigos, he hecho amigos nuevos, he adoptado a Levi, me he recorrido media provincia en coche y he disfrutado conduciendo ¡sin miedo, por fin!, y en cuanto a lo literario, he escrito un relato, que no parece gran cosa, pero que es un comienzo esperanzador, porque una vez más me he demostrado a mí misma que no tengo ningún bloqueo de escritor, y ya tampoco emocional, porque después de veinte años he sido capaz de enfrentar a mi yo del pasado, así como al origen de mis traumas más arraigados, entenderlo, perdonarlo, abrazarlo y cerrar por fin ese maldito ciclo, bajarme de la rueda de hámster, tomar la vía de salida de la rotonda y seguir adelante sin más miedos, sin más dudas, sin más lastre en la mochila y sin más excusas. Ahora sí soy mi prioridad, ahora sí me quiero completamente, ahora sí acepto que merezco todas las cosas buenas que la vida tenga preparadas para mí, ahora sí que agradezco de corazón estar viva y sana. Porque he vencido a la Oscuridad, y he terminado de sanar.

Así que gracias, 2024, porque has sido un gran año. Te despido con una sonrisa, y le doy la bienvenida a 2025 con alegría y con ilusión, recuperadas por fin la esperanza y la fe. Y lo único que le pido a 2025 es volver a escribir, terminar al menos una novela, pero si son más no me voy a quejar. ¿Puedo hacerlo? Bueno, yo creo que si soy capaz de escribir el equivalente a una entrada de blog algo larga para "hacer balance" de este año, que ni siquiera sabía cómo empezar ni qué decir, puedo escribir una novela, porque con este post he comprobado que lo que yo llamo "escritura automática" sigue funcionando. Así que voy a ser optimista.

martes, 25 de febrero de 2025

DESDE EL SILENCIO (I)

Desde julio de 2022 sin actualizar el blog. En mi última entrada te presenté a mi Zeta, con orgullo y con ilusión, porque por fin había cerrado un ciclo y pensé (qué ingenua, para variar) que ya estaba preparada para volver a comunicarme. Pero resultó que cerrar un ciclo no fue suficiente. Todavía me quedaba mucho lastre emocional que soltar para poder sanar completamente. Todo lo que había soltado en mi cubo de la basura emocional (esa novela a la que llamé Voy a ser Leyenda. Fase Uno: La noche del cometa, pero a la que me refiero con el nombre de Zeta por eso de acortar y por lo que la palabra en sí representa (si la has leído, sabes a lo que me refiero, y si no la has leído, ejem, estás tardando)) no fue más que el principio. Necesitaba salir de ese lugar en el que me estaba consumiendo (ya te hablé de esto en entradas anteriores, así que no voy a volver a repetirme hoy), cuando por fin lo hice publiqué la novela porque era un paso más, y ya sólo me quedaba recuperar el equilibrio para poder enfrentarme sin más dudas ni miedo a la página en blanco.

Pero, como te digo, fui muy ingenua. Porque hay cosas que no dependen de mí, y recuperar el equilibrio era una de ellas. Hice lo que estaba en mi mano: cambié de trabajo, creí en la promesa de un contrato de 40 horas semanales y aguanté con paciencia y dando lo mejor de mí el tiempo necesario para que me hicieran ese contrato. Lo que no dependía de mí fue la compañera que se iba a marchar y a la que yo iba a sustituir, que tardó dos años en marcharse. Dos años cobrando un sueldo de 30 horas semanales, con el que subsistía a duras penas, no ayudó a recuperar ese equilibrio. Porque, aunque en lo emocional estaba mejorando (ya no estaba en un ambiente tóxico y no me trataban mal, aunque al parecer no era lo suficientemente buena en mi desempeño como para “merecer” ese ansiado contrato de jornada completa (tampoco dependía de mí la decisión de mis jefas), así que iba mejorando, pero no acababa de sanar del todo), seguía con la incertidumbre que lleva a la ansiedad y a la preocupación. Y tener la cabeza llena de preocupaciones sobre el futuro no es la mejor manera de ponerse a crear mundos. Al menos, no lo es para mí. Que sé que hay gente que es capaz de olvidarse de esos problemas cuando escribe, y la admiro y ojalá yo supiera disociar de esa manera, pero no sé y no puedo hacerlo.

Así que seguí dando vueltas en la rueda de hámster, o en la puta rotonda de la que no conseguía salir, distinto entorno, mismo ciclo de mierda, sin la capacidad ni las ganas de comunicarme. Porque no tenía nada bueno que contar, porque no tenía ni ilusión ni fe en mí misma, porque todavía me daba ansiedad abrir el procesador de textos. Por patatas. Pero lo intentaba. No forzarlo, eso ya lo probé y no funcionó, y de hecho me frustró aún más. Simplemente, a veces me asomaba a Facebook y escribía alguna reflexión.

Ahora estoy lista para regresar. Ahora sí, he cerrado ese nuevo ciclo y he encontrado un nuevo trabajo en el que me siento apreciada y valorada, tengo compañeras maravillosas, mejor sueldo y un horario fantástico que me deja muchas horas libres para dedicarme a darle a las teclas. Llevo varios meses escribiendo un poco cada día en un intento de volver a adoptar el buen hábito y afianzarlo párrafo a párrafo, post a post, y muchos días no se me ocurre qué decir, pero en cuanto empiezo las palabras salen solas, de forma automática, como en los viejos buenos tiempos. Algunos días, mis posts son tan largos como una entrada para el blog, y eso me ha llevado a decidir retomarlo. Y la decisión no me ha provocado ansiedad, sino un principio de entusiasmo.

Sin embargo, antes de volver quiero llevarte de la mano por el proceso de ¿sanación? He rescatado de mi muro de Facebook un puñado (pequeñito) de reflexiones que escribí a pesar de que casi todo el tiempo me mantenía en silencio, encerrada en mi cueva, sin atreverme siquiera a probar mis alas, sólo sanando y esperando a recuperar las fuerzas para levantarme y empezar a andar antes de probar a volar otra vez.

Desde el silencio, te muestro mis intentos, torpes, escasos, pero que me han ayudado a estar aquí de nuevo.


Holiii

Esto lo escribí un 11 septiembre de 2019:

Vacaciones, día 10: «Cayeron las torres y el mundo tembló: de angustia y de rabia, de miedo y de impotencia. Y mientras el temblor sacudía a todo el planeta, ella me llamó y me dijo: «Si esta noche se acaba el mundo, no quiero estar con ninguna otra persona que no seas tú». Así que cogí un tren.
    Hoy hace dieciocho años, y todavía a veces tiemblo: de angustia y de rabia, de miedo y de impotencia.
    Y todavía a veces pienso que ojalá ese día se hubiera acabado el mundo. Que ojalá se hubiera acabado antes de que me diera tiempo de coger el tren».
    Podría ser el comienzo de una historia de terror. Podría. Lo es. Lo fue.
    He escrito muchas historias de terror, y en ninguna de ellas he utilizado fantasmas. ¿Para qué? Convivo con ellos.
    Bueno, mañana volveré a intentarlo.




No era gran cosa, una especie de microrrelato, si quieres, la prosa no estaba mal, al menos conseguí transmitir el mensaje que pretendía. Lo estaba intentando, aunque no acabara de arrancar.

Esto lo escribí un 11 septiembre de 2024, después de ver mis recuerdos en Facebook:

A veces ocurren cosas que hacen que tomes decisiones que te cambian la vida. A veces, el cambio es para mejor. A veces, sin embargo, la felicidad es efímera y te arrepientes de haber tomado esa decisión, porque después ocurrió algo terrible que te cambió la vida a peor. Y te preguntas muchas veces, a lo largo de los años, qué hubiera pasado si no hubiera ocurrido aquello en primer lugar. ¿Dónde estarías hoy? ¿Seguirías soñando, creyendo, creando, deseando, escribiendo? ¿O habría ocurrido igualmente algo que te habría hecho perder todo lo que tenías y todo lo que eras? Lamentarse no sirve de nada. Por desgracia, soy de esas personas que tardan mucho, demasiado, en comprender, asimilar y aceptar que algunas cosas pasan sin más, que no todas las decisiones que tomamos son acertadas, que no tiene sentido buscar culpables, y que cada día que pasas sumergido en la negación, en el remordimiento, en la autocompasión y en el miedo a moverte por si la siguiente decisión que tomes volverá a tener consecuencias desastrosas es un día perdido, y que con el paso de los años miras atrás y te das cuenta de que no todo fue tan malo como has llegado a creerte. Porque, si no hubiera ocurrido aquello en primer lugar, ¿habrías conocido a gente maravillosa que te quiere muchísimo a pesar de tus defectos, de tus neuras, de tus silencios, de tus mil excusas para no seguir avanzando, gente que cree en ti, que te apoya, que te sigue esperando porque están convencidos de que por fin llegará el día en el que lograrás cerrar ese ciclo y volverás a avanzar en pos de un sueño, que volverás a creer y a desear, y a escribir? Gente que te ha enseñado tantas cosas importantes, que te ha animado a mostrarle al mundo lo que eres capaz de hacer cuando no dudas de ti misma, que te ha ayudado a salir de tu cueva y te ha acompañado a eventos en los que has aprendido y has brillado y has sido feliz. Gente que te ha ayudado a descubrirte a ti misma y a encontrarte, y a quererte, y a volver a creer en ti. Posiblemente, pero no serían las mismas personas que están a mi lado hoy, y por haberlas conocido mereció la pena tomar aquella decisión. Así que ya no necesitas seguir dándole vueltas a los mil "y si", ya no necesitas seguir lamentándote, ni recordando aquel día. Es hora de cerrar ese ciclo y seguir avanzando. Me arrepiento de haber tardado tantos años en comprender y aceptar, en superarlo y en dejarlo atrás, pero no quiero que dentro de diez años, al mirar atrás, me quede ese regusto amargo por no haber vuelto a tomar una decisión que fuera a cambiarme la vida. Porque la vida es cambio. Panta rei. Cuando por fin lo entendí y lo acepté, me lo tatué en la piel para no olvidarlo. Hoy no sólo estoy preparada para el cambio, sino que estoy haciendo que suceda. Sin más miedos, sin más excusas. Los acontecimientos ajenos a mí ya no serán los culpables de mis decisiones.
    Hace 23 años cayeron dos torres, yo no provoqué su caída, ni fui culpable de lo que ocurrió después. Ni de mi propia caída. Pero sí fui culpable de no haberme levantado en su momento. Hoy dejo caer algo más que una torre, dejo caer un enorme muro, y los barrotes que no me dejaban seguir adelante. Una nueva torre se alza, soy yo, todavía en proceso de reconstrucción, pero decidida a poner un ladrillo al día. Hasta ser tan alta y tan fuerte que nada pueda volver a derrumbarme.




Cinco años de diferencia entre ambos estados. En el primero todavía me hallaba en ese lugar en el cual me estaba consumiendo. Luego vino un año de baja, y los dos años y pico en el nuevo trabajo, durante los que hubo más silencio que intentos a pesar de la publicación de Zeta porque (creía) había recuperado la ilusión y pronto encontraría el equilibrio que me faltaba. En el segundo, acababa de firmar el contrato en el trabajo en el que estoy ahora. Se nota el cambio de ánimo, ¿eh?

Quiero que veas esa evolución, porque necesito calentar motores antes de ponerme a teclear “en serio”, y porque puede que tú hayas pasado o estés pasando por una época de dudas, de bajón anímico, de bloqueo literario o emocional, de dudas, de miedo, de escasa fe en ti mismo y en tus capacidades para comunicarte y para crear belleza a pesar o a partir de la Oscuridad, y tal vez mi propio proceso de sanación te inspire, o al menos te ayude a ver que se puede salir de todo lo malo y volver a brillar.

sábado, 16 de julio de 2022

VOY A SER LEYENDA. FASE UNO: LA NOCHE DEL COMETA a la venta en Amazon

 

VOY A SER LEYENDA. FASE UNO: LA NOCHE DEL COMETA

Ha esperado seis años para salir al mundo, pero por fin le ha llegado el momento. Con un doble prólogo muy especial, la perfecta maquetación interior de James Crawford Publishing y la portada más yo que hubiera podido imaginar, obra de Ana Ruiz Campillo, disponible en formato papel y e-book en amazon, mi Zeta llega para echar la llave a la puerta que cierra definitivamente un ciclo y para hacerte pasar muy buenos/malos ratos.

 
La Oscuridad nos convierte en monstruos. Me refiero a la Oscuridad que constriñe el alma. Esa que nos devora poco a poco hasta convertirnos en carcasas vacías que deambulan por el mundo como zombis, sin cerebro, sin corazón.

Una chica sola, en un entorno hostil lleno de calles oscuras y puertas cerradas. Esa era yo: indefensa, impotente, asustada, sin esperanza. Sin nada por lo que luchar, excepto un gato. Sin armas para hacerlo, salvo una rabia inmensa que no debía liberar.

Necesitaba un apocalipsis. Uno metafórico, quiero decir. Uno que supusiera un fin de ciclo. Un detonante que me ayudara a liberarme de esa maldita Oscuridad que me impedía evolucionar y me ayudara a encontrar el valor para volver a sentirme viva.

Entonces pasó el cometa y se desató la única plaga que no se puede detener. Y tuve mi apocalipsis, sí. Uno literal. Un jodido fin del mundo para el que no estaba preparada.

Porque no se trataba únicamente de sobrevivir a lo que fuese que acechaba oculto por la niebla. Los gemidos, los golpes en las puertas y lo que habíamos visto en el almacén dejaban bien claro que la palabra «futuro» había dejado de tener sentido. Cuando la muerte es inevitable, lo único que podemos hacer es intentar no morir como monstruos. Pero ¿cómo salir victoriosa cuando los peores monstruos a los que debía enfrentarme no se hallaban precisamente al otro lado de las puertas?

miércoles, 13 de julio de 2022

¿Autopublicación o Editorial?

¿Por qué elegiríamos una u otra? No sé el resto (o sí, pero los motivos de cada uno son distintos), pero yo sé por qué elegí la autopublicación hace nueve años. No conocía cómo funcionaba el mundo editorial, pero sabía que uno de los requisitos para publicar con editorial era presentar el libro; eso significaba hablar de mi trabajo delante de un puñado de personas. Era (soy) una persona muy tímida y no me sentía preparada para hacer mi primera presentación. A través de mi blog Historias de Thèramon había conocido a otros autores, y muchos de ellos estaba publicando sus novelas en Amazon. Recibí consejos y ayuda para lanzarme, y lo hice. La experiencia fue satisfactoria. El primer día mi novela se coló dentro del Top 100, recibió muchos comentarios positivos (qué digo, ¡fantásticos!) y muchas estrellitas, y también un puñado de reseñas en blogs. Ese primer año, sin apenas hacer publicidad, se vendieron casi trescientos ejemplares de El chico perfecto no sabe bailar el twist, tanto en digital como en papel. A día de hoy se sigue vendiendo, y también se lee gracias al programa de préstamos de Kindle Unlimited (K.U).

Desde entonces he asistido a varios eventos literarios, he participado en presentaciones conjuntas y en charlas sobre literatura, he firmado junto a compañeros de antologías y he descubierto que, pese a mi timidez y a mi miedo escénico, puedo hablar en público sin morirme de la vergüenza (y sin que nadie me coma). Así que hace cuatro años, con el manuscrito de Laudaner listo para ser publicado, y con una editorial que se mostró interesada, me animé a probar el otro camino. Hice mi primera presentación, que fue un éxito, tuve la oportunidad de firmar en Barcelona durante un Sant Jordi, cumplí mi sueño de ver mi libro en Gigamesh, hice mi segunda presentación, que no fue un éxito, mi libro (sin mí esta vez) estuvo presente en distintas ferias, incluso en la librería más grande de la ciudad en la que vivo. Puesto que trabajaba en un restaurante y era muy querida por los clientes que lo frecuentaban, vendí y firmé muchos ejemplares en mi lugar de trabajo. Con decirte que en tres días ya había agotado la primera impresión, que fue de cien ejemplares. Dirías que fue un éxito, ¿verdad? Supongo que lo fue. Pero no lo sentí como tal. Sí es cierto que varias personas vinieron a decirme que lo habían leído y que les había maravillado, lo cual fue un subidón de entusiasmo, pero me faltaron las opiniones de extraños a través de Amazon, de Goodreads o en forma de reseñas en blogs. Por no mencionar que el nefasto Covid me alejó de mi lugar de trabajo y me impidió seguir vendiendo ejemplares, así como volver a Barcelona en Sant Jordi o estar presente en la Feria del Libro de Madrid, que ese año no se celebraron. Laudaner es un libro maravilloso que merecía volar alto, y sin embargo su vuelo se vio abortado nada más despegar. Como comprenderás, el Entusiasmo desapareció junto con la Esperanza que empezaba a renacer. Mis emociones volvieron a desequilibrarse. Me planteé rendirme una vez más. Una vez más, no pude. Rendirse no es una opción.

Desde que Covid apareció para poner patas arriba nuestro mundo, he tenido mucho tiempo para pensar en muchas cosas. No ha sido la primera vez que he sufrido un bajón anímico o una crisis de fe, pero sí la única en la que me he visto tocando fondo. Desde que volví, digamos, a la vida después de dejar atrás lo que llamo los Años Oscuros (y si has leído Laudaner sabrás a qué me refiero) he estado manteniendo una batalla interior contra la Oscuridad (no esa que llega con el ocaso, sino la que constriñe el alma y la deja vacía), luchando contra un bloqueo que no era literario aunque me impedía escribir como en los viejos tiempos, y buscando la Esperanza, el Entusiasmo y el Equilibrio perdidos. Cuando sentí que ya no podía seguir adelante, el Universo me tendió la mano. No me trajo algo fantástico, sino que me envió una dolencia que me tuvo un año entero de baja. Y eso fue bueno, porque me hizo comprender lo que la aparición de Covid me había empezado a mostrar. Sabía lo que quería de la vida, pero no sabía cómo podría conseguirlo, pues todavía me hallaba llena de miedo: a lo desconocido, a lo incierto, a mi propio potencial. He sufrido tanto rechazo por parte de las personas con las que trabajaba, me he sentido tan pequeñita, tan despreciada por ser «diferente», tan sola, que no tenía ni ganas de seguir viviendo, pero tampoco me atrevía a salir de mi zona de confort y empezar de nuevo en otra parte. Un año lejos del ambiente tóxico en el que me estaba asfixiando logró que desapareciera la ansiedad, y me ayudó a tomar la decisión: prefería no tener nada material (me refiero a la seguridad que da un sueldo) a no tener nada dentro (me refiero a Esperanza, a ganas de vivir, a ilusión, a deseo). Cerrar ciclos siempre es difícil, abandonar la zona de confort siempre es difícil, pedir ayuda (ayuda profesional) siempre es difícil. Pero es necesario para Evolucionar.



Soy la niña de la E. Hasta me he tatuado esa letra porque representa lo que soy y lo que quiero conseguir. Soy Escritora, y deseo tener Éxito en la vida, también en la literatura.

Y eso nos lleva a la elección entre publicar con editorial o volver a ser una autora indie.

En 2012, en medio de esa batalla interna que te he mencionado, empecé a escribir una historia. Al principio no iba a ser otra cosa que un relato de terror con el que pretendía calentar motores y pasar un rato divertido, pero enseguida se convirtió en una especie de papelera en la que arrojar lastre emocional. Era tanto lo que debía sacarme de dentro que tardé tres años en terminar de escribir esa novela. La titulé Voy a ser leyenda, como este blog, en parte porque era una especie de homenaje a la novela de Matheson, y en parte como una declaración de intenciones. Cuando hablé de ella contigo, la llamé Zeta. Todo el mundo pensó que se trataba de una novela de zombis. Y, bueno, sí es una novela de zombis, pero no lo es. O debería decir que no es una novela de zombis típica. Es una historia que habla de monstruos. Los zombis son una metáfora, podría haberse tratado de cualquier otro monstruo, pero no olvidemos que Zeta era mi cubo de la basura emocional y que yo misma había estado deambulando por la vida como un zombi desde el comienzo de los Años Oscuros. El caso es que no podía publicarla mientras siguiera dentro de ese ciclo que me estaba consumiendo. Porque hacerlo significaría tener que abandonar a la fuerza la zona de confort, y no estaba preparada. Sin embargo, debía cerrar el ciclo, y para ello necesitaba que Zeta saliera a la luz. He cambiado de trabajo y he dejado marchar muchas cosas, y a muchas personas, para poder empezar de nuevo sin más miedo, sin más desesperanza. Ya es el momento de liberar a Zeta y ser la E que estoy destinada a ser.

La pregunta era ¿autopublicación o editorial? Si hubiera elegido lo segundo, habría sido fácil. Tenía dos editoras maravillosas que me trataron muy bien y que habrían apostado por mi Zeta sin dudar. Pero después de haber sido testigo del vuelo frustrado de mi dragón, ¿quería volver a intentarlo con otro libro? ¿Después de Covid, y sabiendo que aún está por ahí mutando y acechando, me atrevería a (ahora que dispongo del tiempo que no tenía en el otro trabajo) asistir a eventos, a presentaciones, a ferias? Después de mis dos experiencias hablando en público de mi trabajo, ¿tenía ganas de volver a repetir? Tenía la espinita del vuelo fracasado de Laudaner, estaba triste y enfurruñada porque sentía que mi dragón merecía volar alto, quería darle otra oportunidad, esta vez en Amazon. ¿No haría lo mismo con mi nueva novela?

Te voy a decir una cosa. Cuando publicas con una editorial pequeña que apenas tiene distribución, siendo un autor prácticamente desconocido, las ventas que se consiguen a través del carrito son muy pocas; la genial So Blonde habla a veces de las «ventas de proximidad», refiriéndose al trabajo que debemos hacer los autores en nuestro círculo (trabajo, amigos, familiares) o asistiendo a ferias y eventos. Cuando tu novela está en Amazon, que es el mayor escaparate virtual que existe, llegas mucho más lejos que cuando tu libro apenas se ve en una estantería o en un stand abarrotado, aunque en ese escaparate haya cientos de miles de libros. Cada valoración positiva es como un foco que ilumina tu libro brevemente, haciéndolo destacar entre esos cientos de miles. Cada ejemplar vendido es un escalón (pequeñito, pero escalón al fin y al cabo) que te ayuda a subir para ser un poco más visible. Y eso sin mencionar que las regalías que obtienes con una editorial son del 10%, mientras que en Amazon, dependiendo del precio que le pongas a tu libro, pueden ser del 30% o del 70%. Que no es que hagamos esto para vivir de ello, al menos no los autores que, como yo, publicamos un libro cada seis años, o cada tres; pero, qué demonios, si te van a pagar seis euros en lugar de uno, no vas a decir que no.

Pero más que lo que me paguen por cada ejemplar vendido, lo que quiero es que el libro se venda. Porque si no se vende, no se lee. Y a mí lo que me interesa es que se lea, se disfrute y se me valore. No voy a negarlo: quiero el reconocimiento por un trabajo bien hecho. Quiero valoraciones positivas y comentarios y reseñas que digan que Bea Magaña es buena, que la prosa de Bea Magaña es adictiva, cojonuda, impactante, que las historias de Bea Magaña te estremecen y te llegan al corazón. Eso no me lo van a decir las personas que han comprado mi libro «porque es mío», porque me aprecian por cómo los trato cuando van a mi trabajo. No quiero que mis libros se conviertan en recuerdos bonitos pero no utilizados en una estantería, quiero que se lean, que se disfruten, que cumplan con su objetivo, que es el de fascinar, emocionar u horrorizar al lector, llegar al corazón del lector. Y para eso necesitan llegar lejos. Por eso me he decantado por la autopublicación de nuevo.

Y mientras espero a que Amazon me dé el OK y Voy a ser leyenda. Fase Uno: La noche del cometa salga a la venta en ese inmenso escaparate, estoy finiquitando la maquetación de Laudaner, que lo acompañará, y también estoy trabajando (no yo, yo corrijo, no sé maquetar) en El chico perfecto no sabe bailar el twist, porque quiero que se diga que Bea Magaña escribe de puta madre, pero también que se toma en serio su trabajo y que da gusto leer sus libros porque los cuida al detalle. Que ya sabes lo que digo a menudo: que gracias a Amazon cualquiera puede publicar su libro. Y eso es bueno, porque da la oportunidad a muchos buenos autores, pero también es terrible cuando ves que hay muchos otros que, en su afán por publicar a toda costa, no cuidan la forma ni el aspecto. Que no me extraña que mucha gente opine que en Amazon sólo publican los mediocres que no encuentran editorial. Pero, mira lo que te digo, encontrar editorial no es tan difícil. Lo difícil es escribir una buena historia y escribirla correctamente. Gracias a mi suscripción a K.U he descubierto joyitas que me han tocado el corazón. Me gustaría que el mundo descubriera mis propias joyitas.

Así que en breve te daré noticias. Sobre Zeta, sobre mi dragón y sobre la Gata y su chico perfecto. Hoy quería explicarte por qué he decidido volver a la autopublicación, y por qué he recuperado los derechos de Laudaner. También aprovecho este post para dar las gracias a Lupe y a Marga, las editoras de Maluma, que se han portado estupendamente conmigo. Si he decidido volar por mi cuenta no ha sido porque haya tenido ningún problema o mal rollo con ellas, todo lo contrario. Lo he hecho porque he recuperado la Esperanza, el Entusiasmo y el Equilibrio que había perdido, porque por fin he salido de mi zona de confort y he cerrado un ciclo de mierda, y porque ya no tengo miedo a desplegar las alas y volar. Porque por fin Amo y Creo. Amo lo que hago y creo en mí misma. Y, aunque me cueste años, voy a Hacer Que Suceda: Voy a ser Leyenda.

domingo, 15 de mayo de 2022

Todo tiene su momento.

No sé si sigues por aquí. Ha pasado mucho tiempo desde mi última visita a este lugar, y aún mucho más desde que contaba cosas que podrían resultarte interesantes. Y no me refiero a novedades literarias, aunque sé que esas siempre te han alegrado. Hablo de cosas importantes como el deseo, la esperanza, el entusiasmo y la fe. ¿Recuerdas los primeros años de vida de mi primer blog? Hablo de Historias de Thèramon, donde nos conocimos. Qué abandonadito lo tengo, dioses, y qué tristeza siento al pensar en aquellos días, cuando recorríamos juntos un camino lleno de baches convencidos de que nos iba a llevar a un destino fantástico. No sé si eres uno de los compañeros de viaje que cumplieron sus sueños y avanzaron o si, al igual que yo, perdiste la fe en algún momento y te detuviste en el arcén a recuperar fuerzas o a librar una batalla contra la Oscuridad. Sea como fuere, si nos conocimos allí, hace ya la friolera de once años, tal vez recordarás que entonces te dije que todo tiene su momento.

En otra vida, antes de que mi mundo se volviera del revés y aterrizara en este rincón de la blogosfera, solía decir lo siguiente: «Los sueños se cumplen cuando les llega el momento, pero hemos de ser constantes, trabajar por ellos y no perder la fe en nosotros mismos». En el año 2011, tras salir de una muy mala experiencia personal y reencontrarme con un espíritu afín que me recordó lo que yo había sido y lo que aún deseaba ser, recuperé el deseo y la fe que había perdido por el camino y fui lo bastante ingenua como para autoconvencerme de que el momento había llegado. Esa declaración de intenciones todavía aparece bajo la foto de mi avatar en el blog: «Los sueños se cumplen cuando les llega el momento. Y el momento es ahora».

Podía haberlo sido, de hecho, si no hubiera sido tan ignorante, porque tenía la constancia, la voluntad, el deseo, la fe y las herramientas necesarias para escribir una historia fantástica y maravillosa, y la ilusión para buscarle editorial o publicarla por mi cuenta. Pero me faltaba algo, no sé si llamarlo experiencia, tal vez decir sabiduría suene muy pretencioso. Si hubiera sido sabia entonces, no me habría lanzado a afirmar aquello con tanta alegría. Porque no era el momento. Porque no estaba preparada para cumplir esos sueños.

Once años después, y con varias nuevas experiencias malas en la mochila, he comprendido que ni el deseo, ni la fe, ni la constancia, ni el trabajo duro van a ayudarnos a cumplir nuestros sueños si no estamos preparados para vivirlos, o para recibir las recompensas. Porque, verás, a veces el momento llega cuando menos fuerte te sientes, cuando menos esperanzas tienes, cuando más jodido te encuentras. Cuando la mochila cargada de lastre psicológico y emocional pesa tanto que ya no tienes ni ánimos ni energías ni valor para seguir llevándola a cuestas. Cuando te hallas dentro de un túnel y no ves un resquicio de luz a lo lejos. Cuando has tocado fondo. Sí, a veces el momento llega cuando lo has perdido todo... y descubres que, puesto que ya no te queda nada que perder, ya no tienes miedo. Ni al futuro, ni a lo desconocido, ni a la Oscuridad, ni a la muerte. Ni a vivir.

Covid me enseñó que hoy estás y mañana quién sabe. Se llevó la esperanza, el entusiasmo, el deseo, las ganas, pero dejó una valiosa lección. No sé a ti, pero a mí me ayudó a cambiar tanto las prioridades como la forma de ver. El mundo, a mí misma. Los retos que culminaron con la publicación de Laudaner me hicieron comprender que no tenía un bloqueo literario, pero saber que las musas seguían activas y que yo conservaba las herramientas necesarias para seguir escribiendo no hizo que volviera a escribir. Lo he intentado desde entonces, lo he intentado varias veces, he empezado nuevas historias, he rescatado novelas viejas con la intención de limpiarles la carita para que pudieran ver la luz, he abierto los diversos archivos de Thèramon pensando que no podía avanzar con ninguna otra historia porque lo que mi corazón me pedía era que volviera a casa, junto a mis dragones. Incluso he intentado escribir a cuatro manos, esperando encontrar la motivación y la voluntad necesarias en la motivación y la voluntad de un compañero de letras.

Nada ha funcionado, porque el bloqueo seguía ahí. Uno no literario, insisto. Uno que me tenía dentro de un bucle destructivo del que no sabía cómo salir. Porque no tenía un destino, ningún lugar al que ir, porque ni siquiera veía el camino, porque no era valiente para dar el primer paso y crearlo. Porque a la Oscuridad interior contra la que llevo media vida luchando se había unido otra, externa, compuesta de varios colores que no surgían de mí pero que me contaminaban, borrando el rosa que me define, el que representa todo aquello que fui antes de empezar a vestirme de grises y negros, el rosa que identifico con la inocencia, la ternura, la belleza, la esperanza, los sueños, la fe, la libertad. Llevo muchos años rodeada de verdes ponzoñosos, de grises asfixiantes, de roja envidia, de dorada hipocresía, de negra malicia. Traté de rodearme de rosa, en un intento de conservar el poco que pudiera quedarme dentro: rosa en mi ropa, en mis complementos, en mis accesorios, en mi casa. Tuve un amigo que solía decirme que parecía la princesa chicle. Esto fue allá por 2012. Ya entonces las cosas estaban mal, ya entonces sabía que la Oscuridad que me estaba venciendo no se hallaba únicamente dentro de mi cabeza o de mi corazón.

En un intento de enfrentarme a aquella nueva Oscuridad, comencé a escribir una historia de terror apocalíptico en la que la protagonista se enfrentaba a dos tipos de monstruos, unos tangibles y otros metafóricos. A medida que esa historia iba creciendo, me di cuenta de que los monstruos que la acechaban tras las puertas cerradas eran la metáfora, y que la historia en sí se había convertido en una especie de papelera en la que arrojar toda la basura emocional que me mantenía bloqueada. Utilicé la narración en primera persona para vomitar rabia, bilis, indefensión y miedo, y situé a mi protagonista en el escenario que mejor conocía, y rodeada de los personajes que emitían aquellos colores que, mezclados entre sí, conformaban aquella otra Oscuridad que poco a poco iba consumiendo mi rosa interior. El proceso fue catártico, pero también fue traumático. Me costó tres años terminar esa historia porque la dejé aparcada muchas veces, la última durante un año entero. Siempre pongo corazón y alma cuando escribo, pero esta novela la escribí desde las entrañas. Era tan yo que me acojonaba, y tan metaficción que no podía sacarla a la luz. Porque los personajes descritos eran reales, y estaban deseando ponerle las garras encima para comprobar cómo los había caracterizado y hasta qué punto los odiaba (sigh).

Y esas personas que trasladé a mi ficción apocalíptica, a mi cubo de la basura emocional, no necesitaban motivos extra para seguir amargándome la existencia.

Desde 2012, las cosas han ido a peor. Mi lugar de trabajo dejó de ser mi segunda casa para convertirse en ese patio del colegio en el que los niños raritos, los diferentes, los incomprendidos, sufrimos en silencio el desprecio y el acoso de los populares, de los frustrados, de los mediocres y de los violentos. La publicación de Laudaner me dio un respiro, 2019 fue algo así como mis quince minutos de gloria y llegué a sentirme muy querida, pero no por mis compañeros de trabajo, sino por los clientes que consiguieron devolverme la fe en mí como persona (dado que todos compraron mi libro por el afecto que me tenían) y como escritora (pues todos los que lo leían venían a decirme que les había maravillado). De este éxito a pequeña escala te hablaré otro día, así como de la decisión que he tomado respecto a la novela de la que te estoy hablando. Antes de presentártela de forma oficial quiero acabar esta explicación o reflexión o lo que sea, porque necesito terminar de cerrar una puerta antes de volver al camino y ponerme en movimiento. Rumbo a Thèramon, o eso espero.

A lo que iba. Tras un año de entusiasmo desmedido que no supe dosificar, que me desbordó y me dejó vacía con la llegada de Covid, con el confinamiento, el cierre de la hostelería que me tuvo incomunicada tres meses, las posteriores restricciones que convirtieron la vuelta al trabajo en una montaña rusa de emociones que no supe gestionar, pues tan pronto me hallaba entusiasmada por volver a ver las sonrisas que me motivaban como desmoralizada al verme tratada como si fuera el último mono de la empresa, agobiada por la falta de trabajo (cuando sólo nos permitían servir comida para llevar) o por el exceso (cuando por fin nos permitieron abrir al público y tuve que hacer mi parte y la de las compañeras que todavía estaban en el erte), me vi de nuevo convertida en blanco (más que de costumbre) de las frustraciones de unos, de la desidia de otros, de la mala folla de los tóxicos, aguantando gritos, menosprecio, bullying o mobbing o maltrato sin más, temiendo y a la vez deseando que me echaran, pues su forma de tratarme era indicador de que no me querían allí, dudando de que llegaran a hacerlo después de quince años en la empresa, cayendo poco a poco en una depresión que me mantenía dentro de ese bucle autodestructivo, anclada en mi zona de confort que era de todo menos confortable, convertido mi dragón interior en una mera lagartija, más hundida de lo que había estado durante lo que llamo los Años Oscuros, de nuevo sin sentirme viva y de pronto sin deseos de vivir.

Y no podía pedir ayuda, porque no sabía, porque no tenía a quién pedírsela, porque estaba tan bloqueada que ni siquiera podía hablar de cómo me sentía.

Mi cuerpo habló por mí. Un dolor insoportable que comenzó de repente y que me tuvo cuatro días llorando (sí, yo, la que no llora nunca porque tiene un estreñimiento emocional, llorando de puro dolor) mientras seguía sirviendo mesas, dolor que no generó compasión entre mis jefes y mis compañeros, por cierto, me hizo decir «Hasta aquí he llegado, me largo de aquí». Que me estaba muriendo y que ya todo me daba igual, y así se lo comuniqué antes de irme a urgencias. Me dieron la baja, por supuesto. Y aproveché que estaba en la consulta de mi doctora para pedir ayuda, creo que por primera vez en mi vida. Porque puede que alguna vez haya pedido un favor para alguien, pero nunca he sabido pedir nada para mí. La doctora me envió al psicólogo.

Era una mujer mayor, me dio muy buena vibra desde el primer momento, me escuchó durante dos horas, hablé y lloré como hacía años que no podía hacer. Luego no volví a hablar. Permanecí en silencio mientras el cuerpo sanaba y la mente trabajaba para superar la ansiedad. Sin sentirme culpable por no poder trabajar, sin agobiarme por lo que pudieran pensar o decir de mí, sin frustrarme por no ser capaz de expresar cómo me sentía, sin forzarme a tomar una decisión mientras no me sintiera preparada. Mientras diferentes especialistas me hacían pruebas para localizar la causa del mal físico que me impedía volver a trabajar, seguí viendo a la psicóloga. Durante aquellas visitas ella habló y yo escuché, y aunque no me dijo nada que no supiera ya, sí que me ayudó a reorganizar mis prioridades. Descubrí que lejos de aquella Oscuridad tóxica la ansiedad desaparecía. Comprendí que no podría volver a comunicarme hasta que cerrara esa puerta y saliera del bucle. Supe que el momento se acercaba, y que esa pausa obligada era la oportunidad que el Cosmos me estaba dando para que me preparase. Debía curarme, y después ya estaría preparada.

Para enfrentarme al miedo, a la página en blanco, al futuro incierto. Para volver al camino. Para empezar a recibir todo lo bueno que me merezco. Para volver a brillar. Para volar por fin.

Un año después de aquello, habiendo aprendido ¡por fin! que yo soy lo más importante de mi vida y que la salud, tanto la física como la mental y la emocional, es más importante que un trabajo en el que no se te valora, no se te aprecia y no se te cuida por bueno que seas en lo que haces y por mucho que te dejes la piel y el alma en ello, he mantenido aquel «Hasta aquí he llegado» y me he marchado. Con miedo por el futuro incierto, pero sin miedo. Porque no sé dónde voy a estar mañana, y no voy a preocuparme ahora de eso. Porque nada puede ser peor que lo que he dejado atrás por fin. Porque al convertirme en mi prioridad me he dado un poder que no recordaba que me pertenecía, y ahora soy libre para ser yo misma, y soy fuerte para seguir adelante, incluso comenzando de nuevo, que no de cero. Pues ya no tengo lastre emocional en mi mochila, sino lecciones aprendidas. Porque ya no me queda nada que perder.

¿He vencido al miedo? ¿He vencido a la Oscuridad? No lo sé, no me preocupa mucho. He superado la ansiedad y la depresión, y después de un año prácticamente desconectada del mundo he sido capaz de volver a escribir desde las entrañas, una entrada para un blog que nadie va a leer, vale, pero he desbloqueado eso que me impedía enfrentarme a la página en blanco. Vuelvo a respirar, vuelvo a creer en mí, vuelvo a sentirme fuerte y ya no cargo una mochila llena de lastre a las espaldas. Ya puedo alzar el vuelo.

Ya puedo publicar esa novela. Ya no me importa cómo vayan a reaccionar sus protagonistas cuando la lean. Ya no pueden hacerme daño.

Si has llegado hasta aquí, quiero decirte que se puede salir de la depresión sin necesidad de pastillas. Que siempre vas a encontrar quien te escuche y quien te comprenda y quien te apoye si te atreves a pedir ayuda. Que debes pedir ayuda cuando no puedas seguir adelante tú solo. Que la salud mental es tan importante como la física. Que incluso con la crisis hay miles de puestos de trabajo, y que no debes tener miedo de dejar el que tienes si en él te sientes desgraciado. Que tú eres lo más importante de tu vida, y que debes cuidarte. Que debes amarte. Que debes respetarte y hacerte respetar. Que nadie tiene derecho a menospreciarte, ni a atacarte, ni a maltratarte, ni a hacerte sentir una mierda. Que mereces todo lo bueno, todo el amor y todo el éxito que seas capaz de soñar, y más aún. Que cuando comprendas esta gran verdad y la aceptes, estarás preparado para recibir todo lo bueno que mereces.

Todo ocurre a su debido momento. Todo llega cuando estamos preparados para recibirlo. No permitas que la Oscuridad te envuelva. La Oscuridad nos convierte en monstruos. Los que llevan dentro esa oscuridad son monstruos que devoran a los demás. Los que nos dejamos consumir por esa Oscuridad que nos rodea nos convertimos en monstruos que destruyen su propia alma. Lucha, por favor, y si no puedes vencer tú solo, pide ayuda. La muerte también llega a su debido momento; no mueras en vida, deja que los zombis se limiten a las historias de terror apocalíptico y vive.