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domingo, 12 de mayo de 2013

Recomendados: El Encanto del Cuervo, de María Martínez

Hoy inauguro una sección llamada Recomendados, en la que voy a hablarte de los libros que he leído y me han marcado, inspirado, enseñado o motivado. La lista es larga, porque más de treinta años dan para muchas lecturas, si bien en los últimos años ha habido muy pocas novelas que se hayan llevado un Aprobado Con Nota de mi parte. La máxima puntuación que le puedo dar a un libro es la de Magnífico o Excelente. Casi todos los títulos que llevan esta nota son clásicos, pero en mi estantería de Favoritos hay varios Excelentes de reciente publicación, y algunos he tenido la fortuna y el honor de corregirlos yo misma.


El título Recomendado que hoy te traigo es una novela Magnífica que sale a la venta el día 15 de este mes. ¡Tres días!, y me muero por tenerla en mis manos. Se titula El Encanto del Cuervo, y su autora es María Martínez, que se dio a conocer con su novela Pacto de Sangre, autopublicada en amazon, y que ha conseguido con su prosa que Ediciones B publique varias de sus novelas. Talento, eso es lo que tiene esta maravillosa escritora a la que tengo el honor de llamar amiga. Y bien puedo decirlo yo, que he corregido otras tres novelas suyas. 

Considero que El Encanto del Cuervo merece la calificación de Magnífica por varios motivos. Posee una prosa ágil que engancha y emociona, una historia imaginativa que conmueve y sorprende, personajes llenos de vida, muy buenos diálogos y descripciones, y un giro inesperado al final que te deja con la boca abierta. El hecho de que la autora sea amiga mía no influyó en mi valoración. Te recuerdo que yo corregí esta novela. Más que leerla, casi la diseccioné.

Te dejo la portada y la sinopsis para que vayas abriendo boca. En esta ocasión María Martínez nos trae una historia juvenil-adulta de corte paranormal que nos habla de la magia, los sueños, el destino, la traición y el poder del amor. Confieso que mis preferencias literarias son el terror y la fantasía más que el romance, pero María tiene una forma de escribir que leería una novela erótica si la escribiera ella, trata el amor con mucho acierto, y es capaz de hacer que me enamore de sus personajes tanto como de su prosa.





Abby siempre ha vivido con su madre, viajando de una ciudad a otra; nunca han permanecido más de cuatro meses en un mismo lugar; jamás ha tenido amigos cercanos, ni ha asistido a un baile de graduación, ni ha tenido un sitio al que llamar hogar. Pero cuando su madre muere repentinamente en un terrible accidente, la vida de Abby cambia por completo. Acogida por un hombre extraño que dice ser su padre, Abby se instala en el pueblo de Lostwick, en el sur de Maine. En apariencia es una existencia ideal, con amigos y familia y un lugar al cual pertenece. Pero hay algo en quienes la rodean, en especial en el guapo e irritante Nathan, que le produce una cierta desconfianza. Y lo peor, las pesadillas que atormentan a Abby constantemente no solo no cesan, sino que se intensifican. En medio de una nueva realidad, confrontar el pasado y enfrentarse con un destino implacable que viene a cobrarse promesas hechas siglos atrás y que reclama su sangre.







Y aquí tienes el book-trailer:







Y ahora que ya he llamado tu atención y (espero) haber picado tu curiosidad, te diré que tienes dos formas de conseguir esta novela. La tradicional, a partir del 15 de mayo, que es cuando sale a la venta. Y la que nos ofrece María en su blog, participando en un concurso. Pincha en el enlace para más información, y ¡¡suerte!!




PARTICIPA EN EL CONCURSO



Talento, imaginación, constancia, trabajo y paciencia. Las claves del éxito. María Martínez es la prueba de ello. Y me siento muy orgullosa de mi amiga y compañera de letras, y muy feliz de comprobar que mis sobrinitos literarios tienen tanta calidad como buena acogida. 
Te mereces todo el éxito del mundo, hermanita <3




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viernes, 10 de mayo de 2013

Rae, Plutón, Euro y 1984



Hace mucho, mucho tiempo, antes de que el mundo se moviera, como diría Rolando de Gilead, los niños mirábamos los mapas del cielo y contábamos nueve planetas. En España hablábamos un idioma que se llamaba castellano. Contábamos nuestros ahorros en pesetas, y sabíamos que con una peseta no ibas a ningún lado, pero con un millón podías comprarte un coche. Decíamos: hola, amigos, y nadie se sentía sexualmente discriminado. Y en el colegio nos enseñaban que algunas palabras átonas se acentuaban dependiendo del significado que tuvieran, para distinguirlas de la misma palabra inacentuada, que significaba otra cosa.

Esto ocurrió en una época muy antigua, más o menos cuando los dinosaurios caminaban por la Tierra y a las personas que no seguían las normas establecidas por aquéllos que mandaban las quemaban en hogueras acusadas de brujería. O ésa es la sensación que me da, que ha pasado muchísimo tiempo, porque la evolución no es cosa de un día, y por aquí todo parece haber evolucionado muchísimo. Tanto, que no sé si me he pasado los últimos cien años durmiendo o si estoy viviendo en el mundo distópico que Orwell recreó en su novela 1984.

Resulta que en la época actual los planetas de nuestro sistema solar son ocho, el idioma que se habla en España se llama español, nuestra moneda se llama euro y ya nadie puede presumir de escribir con total corrección porque lo que hasta hace nada era correcto hoy es todo lo contrario. Y da igual si lo que quieres decir es que no tienes compañía o que tal cosa es lo único que puedes hacer, has de utilizar la misma palabra para decir dos cosas diferentes.

Entiendo que la evolución es necesaria. Y creo que toda evolución requiere su tiempo. Soy una persona que se siente cómoda con lo que conoce y que no asume los cambios con facilidad. Soy de las que piensan que si algo funciona no hay motivos para cambiarlo. Pero los que mandan siempre tienen que estar cambiando las cosas, y al ciudadano de a pie no le toca otra que acatar y renovarse o convertirse en un paria.

Bien, pues acepto ciertos cambios, porque no me queda más remedio, y ahora pago con euros, aunque si pienso en cifras muy elevadas (como, por ejemplo, el precio de un piso) sigo contando en pesetas. Sé que no soy la única. Y digo que sí, que vale, que sólo hay ocho planetas, aunque nadie me va a hacer olvidarme de Plutón, me da igual a qué categoría lo hayan relegado. Y ya no utilizo los prefijos (auto, súper, semi, anti, ex...) unidos al nombre con un guión, sino que escribo palabras muy largas que empiezan con lo que antes era un prefijo y no uso los guiones a menos que esté escribiendo diálogos (y hablo de los guiones largos o rayas (—), que los de toda la vida (-) no valen, algo que no he sabido hasta que no he empezado a escribir al ordenador, porque a mano no tienes en cuenta el tamaño y porque en la máquina de escribir no había guiones de varios tipos); y uso las comillas españolas (« ») o la cursiva en lugar de las comillas de toda la vida (“ ”). Porque hay cambios que no matan, y a los que no me cuesta habituarme, dado que ahora utilizo un teclado en lugar de un bolígrafo.

Aunque sigo diciendo i griega en lugar de ye; y sigo pensando que castellano es lo que se habla en España y español lo que se habla en Sudamérica; y escribo whisky, tal como lo he visto escrito desde que era pequeña (cuando mi abuelo trabajaba en la fábrica del DYC) y como lo sigo leyendo en las etiquetas de las botellas, sí, las del whisky español por excelencia. Y sigo acentuando la palabra guión, porque así es como la pronuncio, y como tengo por costumbre. Porque hay costumbres que no pueden desaparecer de la noche a la mañana, por mucho que los que mandan se empeñen en modificar nuestros hábitos y nuestro instinto.

Es como ser zurdo y que te aten la mano izquierda a la espalda para que escribas con la diestra, como todo el mundo. Lo harás en clase, lo harás delante de la gente, pero cuando estés en casa, a solas, escribirás con la izquierda, porque tu cerebro dará esa orden sin contar contigo ni con los que mandan.

El protagonista de 1984 era una especie de funcionario que tenía un trabajo rutinario y tedioso. E inquietante, o así me lo pareció cuando leí el libro. Se dedicaba a reescribir la Historia, según le ordenaban, según les interesaba a los que mandaban. Así, la guerra que había mantenido su país con un país vecino durante años desaparecía de los libros de Historia y de los periódicos, porque en un momento dado no convenía que se recordara esa guerra, y se inventaba una guerra con otro país, y se incluía en los archivos, hubiera o no tenido lugar esa nueva guerra.

Cuando pienso en Plutón, me imagino que hay un tipo reescribiendo esa parte de la Historia de nuestro sistema solar. Pero ¿cuántos hay como yo, que siguen recordando al pequeño y lejano planeta? Si te piden que enumeres los planetas, así, en frío, sin pensar, ¿dirás los nombres de ocho planetas, o se te colará el de Plutón antes de darte cuenta de que, sin que aciertes a comprender el motivo, los que mandan lo han sacado de la lista?

Olvidar lo que tenemos bien grabado en el cerebro no es sencillo. La evolución no se consigue en un par de años.

Como te he dicho varias veces, yo escribo de forma casi automática. Las palabras se escriben solas, y se escriben como me enseñaron de pequeña, con sus acentos, aunque ahora los que mandan digan que ya no se han de poner. Creo que acabarán quemándome en la hoguera, por rebelde y por no acatar las nuevas normas. Pero es que esas normas todavía no han llegado a la mayoría, y muchos no saben si son reglas de verdad o sólo recomendaciones, creo que estamos todos un poco perdidos, claro, no tenemos un chip en el cerebro que actualice la información automáticamente, ni un aparatito que nos avise de cuándo la Rae hace un cambio, algunos nos enteramos por la prensa, por las redes sociales o porque de pronto leemos una novela recién publicada y notamos que está «llena de errores».

Y luego viene alguien y te dice que no, que la que lo está haciendo mal eres tú, y que no puedes criticar a otros escritores por no ser más cuidadosos con sus textos si tú eres la primera que va poniendo faltas de acentuación en tu blog. ¡Caramba!

Como te he dicho en más de una ocasión, le doy mucha importancia a escribir correctamente. Y como puedes ver en este texto, soy la primera que «comete faltas», ¿o no te has dado cuenta de que acentúo ciertas palabras que tú ya no acentúas? Ahora te digo que corrijo novelas de otros y seguro que te me lanzas a la yugular, ¡pues valiente correctora estás hecha, si eres incapaz de adaptarte a las nuevas normas impuestas por la Rae! Y te diré que sí, que tienes tus razones para criticarme. Y yo las mías para seguir haciendo las cosas como siempre las he hecho. La costumbre, amigo, la costumbre...

Te diré que, cuando corrijo las obras de otros, me adapto a lo que ellos han decidido; que no acentúan sólo y los pronombres, pues elimino todos los acentos que se les hayan escapado. Que sí los acentúan, pues pongo acentos donde faltan. Que a la hora de publicar su novela cada uno verá lo que hace la editorial con sus acentos. Por mi parte, en mis textos seguirás viéndolos. No lo hago por rebeldía, sino por costumbre. Critícame si quieres; mientras se permita esa práctica, si bien se recomiende escribir la frase de modo que no haya lugar a confusiones, yo seguiré escribiendo como he hecho toda la vida. Soy demasiado vieja para cambiar mis hábitos.

Si mañana una editorial decide apostar por una de mis obras, y el corrector de la editorial elimina los acentos que yo no he sido capaz de no poner, lo aceptaré sin protestar. Y dentro de unos años, quién sabe, puede que al fin la evolución me haya alcanzado y escriba como ordenan los que mandan. Pero la evolución no es cosa de un día. Supongo que eso lo entiendes. Quizás a ti también te sucede.

Quiero ser ejemplo de mis palabras. Insisto en que escribamos correctamente, en que aprendamos a puntuar, en que utilicemos bien este idioma tan rico que tenemos. Pero tampoco se trata de ponerse excesivamente tiquismiquis. Si escribes ballet, parquet, ticket, whisky, footing o parking, porque eres incapaz de leer balé, parqué, tique, güisqui, fútin o parquin sin que te entre la risa tonta o se te pongan los pelos de punta de puro espanto, ¿por qué poner el grito en el cielo si ves sólo, ése, ésta o aquéllos en un texto? Es mucho peor ver una coma detrás de un sujeto, cuatro puntos suspensivos en lugar de tres, expresiones como enjuagarse las lágrimas, errores como sobretodo (por sobre todo), sin fin (por sinfín), a penas (por apenas), enmedio (por en medio), sinó (por si no), tí (¡uf!), o la misma palabra repetida varias veces en un párrafo, evidenciando un importante desconocimiento de nuestro vocabulario y de la gran gama de sinónimos que nos ofrece nuestro idioma.

Hay cosas que son de manual; otras, que vamos aprendiendo con la práctica y la lectura; y otras, las menos importantes pero de las que más se habla últimamente, quizás porque son normas nuevas y hay que darles difusión y crear polémica, que todos adaptaremos a nuestra base de datos cerebral y que corregiremos con el tiempo (o cuando los que mandan decidan que no es sólo una recomendación, sino una verdadera norma).

Estoy muy agradecida a Raúl por su mensaje privado, por su crítica y por la conversación que mantuvimos ayer y lo que ésta me ha hecho reflexionar. No suelo recibir críticas, pero cuando alguien me señala un error le doy las gracias. Un apunte como el suyo me ayuda a corregir un error cometido por despiste, si bien no tiene el poder de formatearme el cerebro y hacerme olvidar cuarenta años de aprendizaje como si el tipo de 1984 los hubiera borrado de los archivos. Plutón ya no forma parte de la élite planetaria, pero no ha dejado de existir en el espacio, ni en nuestra memoria. No me lapides por ser incapaz de abandonar ciertos hábitos de la noche a la mañana.

domingo, 5 de mayo de 2013

Las claves del éxito


Cuando tenía quince años y estaba escribiendo mi segunda novela, cierta persona vino a burlarse de mi afición y a tratar de desmotivarme.
—Para escribir hay que ser mayor — me dijo—. No puedes escribir sobre los sentimientos si nunca has tenido una relación, ni describir ciudades en las que nunca has estado, no puedes inventarte lo que nunca has vivido.
Esa persona no había leído más de tres libros en toda su vida, creo. Pero a los quince años yo ya había leído muchos: cuentos para niños y novelas para jóvenes, best-sellers, biografías, poesía, obras de teatro, y a los clásicos, todo lo que caía en mis manos, incluso libros que no debería haber cogido de la estantería de mis abuelos, porque no eran para una niña de mi edad. Pronto descubrí que a través de los libros puedes ver, sentir, vivir todo lo que seguramente no conocerás a lo largo de tu vida, o lo que tardarás en conocer. 

Un libro bien escrito es tu mejor maestro. Una historia bien descrita es mejor que un millar de fotografías. Unos personajes bien desarrollados se convierten en tus mejores amigos o en tus más odiados enemigos. La palabra tiene un gran poder. 

A los quince años no vas a escribir un best-seller, ni una gran obra reflexiva y profunda, como mucho puedes conseguir una historia entretenida, incluso una historia con moraleja. Pero si logras que tu novela tenga las partes bien definidas y desarrolladas, que la trama sea interesante y la prosa enganche, que no queden hilos sueltos al final y que las dos o tres personas que vayan a leerla se emocionen, entonces puedes sentirte orgulloso, porque habrás conseguido lo que muchos escritores superventas no son capaces de hacer, aunque sus nombres sean más que conocidos y el tuyo no lo haya oído nadie jamás.
Si, además, a esa edad ya eres capaz de escribir sin faltas de ortografía, de puntuar correctamente y no repetir palabras ni conceptos, entonces no hay dudas: naciste para ser escritor. Y cuentas con una de las más importantes claves del éxito, créeme.

Escribo novela desde los doce años. He probado con la poesía, y con el relato corto, pero no son lo mío: por un lado, me cuesta muchísimo resumir; por otro, a mi Musa no le gusta que le ponga límites. Cada una de mis ideas podría explicarse en una docena de páginas, pero todas ellas acaban convirtiéndose en novelas largas. Escribo por instinto, casi de manera automática. Reviso mis novelas para buscar incoherencias en la historia, pero no necesito corregirlas, dejé de cometer faltas ortográficas a los diez años (la última palabra que se me resistió fue exagerar, que me empeñaba en escribirla con hache porque me parecía que de ese modo era más contundente). Cuando leo una novela que no es mía, la corrijo por inercia, no puedo evitarlo, me duelen los ojos cuando me encuentro un texto impreso con errores gramaticales. Opino que todo escritor que se jacte de serlo debería cuidar tanto su prosa y su estilo como su presentación.

Si hubiera podido estudiar una carrera, habría escogido Filología. Ahora tendría un título universitario, y podría trabajar como correctora. Pero no pude estudiar en la universidad. Así que corrijo por hobby, sin cobrar por mi trabajo, no acepto encargos y cuando decido corregir una novela  no permito que me pongan plazos. Tengo un trabajo que consume la mayor parte de mi tiempo, y mis propias novelas que escribir, no puedo dedicarme a la corrección, lo hago en mis ratos libres, y lo disfruto mucho. Ahora mismo hay una docena de novelas publicadas que han pasado por mis manos. Me siento orgullosa cuando veo mi nombre en la página de agradecimientos. Me siento honrada cuando los autores que me han confiado sus trabajos dicen que soy la mejor, Bea la supercorrectora.

Soy una lectora muy exigente. Insisto mucho en el tema de la presentación, de las faltas, de los acentos y la puntuación. Puede que llegues a leer alguna de mis novelas y pienses "pues vaya mierda de historia", porque no a todo el mundo le gusta la Fantasía Épica, o el romance, o el terror. Yo misma tengo mis preferencias en cuanto a géneros. Pero mi prosa no te dejará indiferente, y tendrás que admitir que escribo con total corrección. Si eres lector, lo agradecerás. Si eres escritor, espero que te fijes en ello y comprendas la importancia de escribir bien. Una buena historia deja de serlo si está mal contada y mal escrita, del mismo modo que una prosa impecable no mejora una mala historia.

Te hablaré de las novelas que he corregido. De las novelas que no he podido terminar de leer, bien porque la historia era totalmente inverosímil o incoherente, bien porque la prosa era tan chapucera que me sangraban los ojos y se me retorcían las tripas. Podemos hablar acerca de las claves del éxito, si quieres. No me juzgues porque no tenga ninguna novela publicada; jamás me han rechazado un manuscrito, porque nunca he enviado ninguno. Siempre he escrito por placer y por necesidad, para mí y para mis amigos más cercanos; y aunque mi sueño desde niña ha sido publicar y vivir de lo que escribo, hasta hace un par de años no me sentía preparada para asomarme al mundo y decir en voz alta que soy escritora, y mostrar mi trabajo. Ahora ya lo estoy. Ahora puedo hablar de mi experiencia, y de lo mucho que todavía me queda por aprender, especialmente del mundo editorial.

Tengo muchas cosas que contarte, tantas, que no sé por dónde empezar. Así que dejaré que mi Musa me guíe, como siempre. Ella sabe cómo poner por escrito lo que pienso y lo que siento. 

También puedes aportar tu granito de arena. Si quieres dar tu punto de vista sobre un tema relacionado con la escritura o con la publicación, ponte en contacto conmigo a través de mi mail, que verás en el lateral de este blog, y colgaré tu artículo o tu reflexión. Trabajemos juntos. La colaboración entre autores es otra de las claves del éxito.

miércoles, 24 de abril de 2013

El Bloqueo, o cómo crear a partir del Vacío

Ya sabes por qué escribo. Te lo expliqué en mi última entrada. Lo hice de una forma poco convencional, con un relato que improvisé para la ocasión. Se me da mejor escribir historias que hablar.

Escribo porque lo necesito tanto como respirar. Escribo porque no puedo evitarlo. Escribo porque nací con esa capacidad.
Escribo desde los diez años. Ocho novelas terminadas y otras tantas a medias, esperando en un cajón a que mi Musa recuerde qué era lo que quería transmitir a través de ellas, son el balance de treinta años haciendo lo que más me gusta, lo que no puedo dejar de hacer.

Sin embargo, a veces he sufrido bloqueos, y he estado largas temporadas sin ser capaz de escribir una sola línea. Durante esas temporadas, no he respirado bien, ni me he sentido viva.
Muchos escritores hablan de sus bloqueos. Todos los tenemos, no soy una excepción. Problemas personales, preocupaciones, inseguridades, falta de trabajo o de tiempo... muchas son las causas que provocan un bloqueo. 
Yo he tardado en descubrir qué es lo que provoca mi incapacidad para narrar historias. Volviendo la vista atrás, he comprendido que la causa de mis bloqueos es siempre la misma. Mi problema es que escribo con el corazón. Por eso, cuando se me rompe el corazón, cuando el vacío que siento es tan inmenso  que todo a mi alrededor se vuelve oscuridad, no soy capaz de comunicarme por escrito. Porque ¿qué se puede sacar del vacío más absoluto?

Hoy te dejo un relato especial. Y es especial por dos motivos. Yo no escribo relato corto, me resulta tremendamente difícil contar una historia en pocas palabras, todas mis novelas tienden a cobrar vida propia y ninguna tiene menos de cien páginas. De hecho, Z nació de esa imposibilidad mía para resumir. Lo que pretendía ser un relato de seis páginas para un concurso se ha convertido en una novela que está a punto de llegar a la página noventa, y aún no he terminado de escribir la primera parte. Que fuera capaz de improvisar un relato lo convierte en especial para mí. Pero además sirvió para explicar de dónde nacen todos mis bloqueos, y cómo comprendí que es precisamente del Vacío de donde nacen todas las cosas.

Por eso te lo dejo aquí, sólo tienes que pinchar en el enlace, te llevará hasta el blog de Thèramon, al cual pertenece.  Te invito a que lo leas. Se llama Laudaner. También podría haberlo titulado Cómo crear a partir del Vacío.

Incluso mientras duró mi gran Bloqueo, escribía. Párrafos sueltos, casi siempre, porque ni siquiera en mis momentos más oscuros he sido capaz de dejar de hacer lo que hago por inercia. Pero esos párrafos se han ido convirtiendo en historias. Y aunque ninguna de ellas está terminada, porque el trabajo me deja muy poco tiempo para dedicarme a escribir, poco a poco van tomando forma, algunas en mi cabeza y otras, sí, en el procesador de textos.

Hoy quiero decirte que ningún bloqueo es para siempre. Que no te desanimes si de pronto no te ves capaz de enfrentarte a la página en blanco. Que la Musa nunca se marcha, aunque problemas y dudas varias te impidan escucharla. Si, como yo, naciste para contar historias, nada te impedirá hacerlo el resto de tu vida, salvo tú mismo. No te rindas. No es un consejo, es una petición. No te rindas.
Como me dice una personita muy especial, "todo lo que escribes nace de ti, y de ahí no puede salir nada malo".

jueves, 18 de abril de 2013

¿Por qué escribo?


REENCUENTRO

Aquí estás, tal como suponía, como esperaba. Aquí estás, después de tanto tiempo de silencio. Aquí estás, como te he imaginado infinidad de veces: sorprendido, intrigado, expectante. La emoción que veo en tus ojos me dice que no me has olvidado. Tu silencio me invita a tomar la iniciativa y romper el hielo.
No digo nada. Hay tantas cosas que desearía decirte, que no sé por dónde empezar.
Igual que cuando escribo historias: la primera frase siempre es la que más me cuesta encontrar.
Mentiría si dijera que no me gana la emoción. Mi corazón late con tanta fuerza que sus latidos apagan las voces de la multitud que nos rodea. Te observo desde la seguridad que me brinda la escasa distancia que nos separa, y me aparto unos pasos del stand junto al que me encontraba esperando a que me firmaran el libro que acabo de comprar. Los recuerdos se agolpan en mi cabeza. Tardes de verano, libros dedicados, historias compartidas. Lo que significaba la palabra nosotros.
Me doy cuenta de que no he superado tu ausencia.
Aquí estás, con tu carita de hombre encantador, cierta expresión desvalida, la emoción brillando en tus ojos y esa sonrisa que amo curvando los labios que sigo besando en mis fantasías.
El bullicio se me antoja música de fondo. Como en las películas, sonido de violines en la escena del reencuentro. Doy un paso hacia ti, con una sonrisa que no logras interpretar pero que te anima a acercarte un poco.
Pero sólo un poco, porque sigues cargando con esa indecisión que te caracteriza y que tanto daño me ha causado. Una vez te dije que a ti te lo perdonaba todo. Supongo que te estás preguntando si he olvidado mis propias palabras.
Algunas personas empiezan a percibir el hilo invisible que mantiene nuestras miradas conectadas. Las más sagaces aventuran, el resto presiente, pero no acierta a imaginar. Conocidos de ambos observan el tímido acercamiento con curiosidad e interés. Numerosos testigos para un reencuentro que promete ser épico.
Por fin abres la boca y me saludas. Sonrío. Meses desaparecido, fingiendo que no existo, que nunca me has conocido, y ahora que vuelves a verme te acercas como si nunca te hubieras marchado sin despedirte, como si no me hubieras roto el corazón.
Las conversaciones se diluyen, convertidas en murmullos de anticipación. La música de violines se vuelve suave, sugerente. Sin embargo, me taladra los tímpanos. Debería haber imaginado las notas de un piano, me resultan más relajantes e inspiradoras.
No respondo a tu saludo, pero camino un par de pasos en tu dirección; animado por mi sonrisa, avanzas a mi encuentro. Los espectadores se apartan, dejando un pasillo libre de obstáculos. Nos acercamos un poco más. Abro un poco los brazos, dándote a entender que estoy receptiva. Indeciso, respondes a mi gesto.
Igual que en los viejos tiempos.
Extiendo el brazo, las puntas de mis dedos quieren rozar tu mejilla. Mis ojos brillan excitados; ves lágrimas de emoción en ellos y te creces. Sabes que caeré en tus brazos sin remedio.
Y bajas la guardia.
El primer impacto te hace trastabillar. Con los ojos abiertos por la sorpresa miras el puño que vuelve a buscar ese rostro que he deseado acariciar durante todo este tiempo. Te apartas, pero no lo suficientemente deprisa. Mi rodilla alcanza su objetivo y te doblas en dos. Jadeando, no puedes evitar el empujón final, el que te lanza al suelo de espaldas. Tampoco puedes impedir que pronuncie las palabras que destrozan tu reputación y explican a tus conocidos la clase de hombre que eres.
Todo el mundo observa la escena impresionado. Y es curioso, porque tú eres el que que yace humillado y yo la que se yergue desafiante, pero las miradas de apoyo y de admiración van dirigidas a mí. Me río a carcajadas.
—¿Pero qué te pasa?
Parpadeo y miro hacia mi derecha. Ana me ha pillado riéndome en voz alta.
—Nada, estaba escribiendo una historia.
Ana frunce el ceño. Sobre la mesa hay un cenicero, dos tazas de café y mi paquete de tabaco. Ningún cuaderno a la vista. Me mira extrañada y sonríe.
—¿Sin papel?
Asiento, y me señalo la cabeza.
—Aquí —digo.
Ana comprende. Es mi amiga, me conoce, sabe cómo funciona el proceso creativo; cuando escribir es un acto tan necesario y mecánico como respirar, no tener un bolígrafo a mano no es un inconveniente.
—Léemela —me pide. Sabe que tengo una memoria casi fotográfica y que soy capaz de recordar sin problemas la escena que acabo de imaginar.
Se la cuento tal como la he leído en mi cabeza. Palabra por palabra, como si realmente la tuviera delante, escrita en un papel. Ana escucha con atención. Al principio se ríe. Luego vuelve a arrugar la frente.
—¿Venganza? —pregunta.
Me encojo de hombros.
—¿Por qué no? A veces las historias con final feliz no son posibles.
—Eres escritora; puedes hacer que sí lo sean.
—Cierto. Pero yo escribo lo que me sale del corazón. Y en estos momentos eso es lo que mi corazón siente. ¿Sabes? A veces, escribir es la mejor terapia contra la tristeza. Y a veces, el único modo de liberar la rabia.
La rabia es mejor que el vacío. Hace tiempo que comprendí que el vacío es el culpable de mis bloqueos, y cuando no puedo escribir es como si muriera.
¿Que por qué escribo?
Deja que te pregunte algo: ¿por qué respiras?


Final alternativo.

(…) Me río a carcajadas.
—¿Pero qué haces?
Parpadeo y miro hacia mi derecha. Miér... coles. Mi jefe me ha pillado riéndome sola en voz alta.
—Eeee... nada, limpiar los cristales —disimulo.
—Y hablar sola, como de costumbre —me recrimina.
Suspiro. Cómo explicarle que estaba escribiendo...
—¿Sin papel?
—No necesito papel. Tengo un cerebro, ¿sabes? Hiperactivo, además. Imagino historias todo el tiempo. No puedo evitarlo.
Mi jefe sacude la cabeza y pone los ojos en blanco.
—Tú no estás bien de la cabeza, te lo digo yo.
Paso de explicarle cómo funciona el proceso creativo. Mi jefe, como la mayoría de la gente que no me conoce, no entiende que crear historias y respirar son prácticamente lo mismo para mí: una necesidad, y algo que hago sin pensar. No elegí ser escritora: nací con esa capacidad.
De nuevo a solas, reviso la escena en mi cabeza. ¿Venganza? O la muerte de la inocencia y el comienzo de un nuevo capítulo. Bien, a veces los finales felices sí son posibles. Cuando llegue a casa la pasaré al papel. Ésta no va a quedarse sólo en mi cabeza.
¿Que por qué escribo?
Porque cuando escribo puedo ser lo que yo quiera. Cuando escribo, puedo hacer que el mundo sea como yo lo deseo.
Si estoy muy cabreada, puedo destruirlo.
Y a veces, si estoy inspirada, soy capaz de mejorarlo.  

miércoles, 20 de marzo de 2013

Te presento a... mi Blog de Autora

He elegido un fragmento de Historias de Thèramon:  El Libro de los Dioses (© Bea Magaña. Todos los derechos reservados) para hacer mi presentación, pues el texto expresa muy bien cómo me siento, y creo que lo entenderás mejor de esta forma que si intento explicártelo de la manera tradicional. 


En el principio era el Vacío, y en la inmensidad de la nada infinita existía una Conciencia que soñaba sueños de creación. En su vientre se gestaba una miríada de mundos, y en su mente buscaba un nombre con el que describir a cada uno de ellos. Porque nada puede existir sin un nombre que lo identifique y lo distinga del Vacío. Ella lo sabía bien; no había sido consciente de su propia existencia hasta que su propio nombre fue creado, y el Vacío lo conoció y la reconoció como una entidad independiente de él. Aunque nadie había pronunciado nunca su nombre, porque no había nadie que pudiera hacerlo. Y su soledad y la necesidad de escuchar el sonido de su propio nombre la llevaban a desear que existiera algo más.
Pero estaba sola, y no sabía cómo llevar a cabo sus sueños. Estaba sola, y no podía pedirle ayuda a nadie. Su deseo era grande, también su desconocimiento. El Vacío estaba ahí, esperando a ser llenado, pero no ayudaba ni daba consejos. Imaginaba la existencia de otros como ella, los buscó en el Vacío, no los encontró. Tardó en comprender que, si existían, no podía llamarlos, porque no conocía sus nombres. Trató de imaginárselos, acabó por inventárselos, no se atrevió a pronunciarlos en voz alta. Se animó a susurrar el suyo, a modo de presentación, esperó una respuesta, el Vacío guardó silencio. Se convenció de que estaba sola, lloró, pronunció su propio nombre en voz alta, se lo repitió muchas veces, para convencerse de que era real.
Cuando aceptó que lo era, y que nadie sino ella podría hacer realidad sus sueños, descubrió su propio poder. Comprendió el significado de su nombre. Y dio a luz a su creación.
Entonces, los mundos que se habían estado gestando en su vientre llenaron el Vacío, y eran tan reales como ella misma, y estaban vivos. Y ella volvió a pronunciar su nombre en voz alta, para que todos los mundos pudieran reconocerla. Tiere, la que dio a luz al universo, así se presentó ante ellos. Y todos los mundos repitieron su nombre, extasiados, y la llamaron diosa, y la llamaron madre. Y la amaron. Y el amor que Tiere sentía por todos ellos, sus hijos, la impulsó a seguir creando. Pues eran muchos los sueños que deseaba hacer realidad.

Así, de paso, te dejo una muestra de lo que hago, aunque te aviso: no sólo escribo Fantasía Épica. Y ése es el otro motivo por el que he decidido abrir este blog, hermano de Historias de Thèramon, pero más general, pues aquí quiero hablarte de todos mis trabajos, que poco o nada tienen que ver con el mundo que quizás ya conozcas y que muchos aman y esperan ver en papel en un futuro próximo. 

El tiempo de esperar en las sombras ha concluido. He escrito ocho novelas, y sólo mis amigos más cercanos las han leído, porque hasta hace muy poco ignoraba cómo mostrárselas al mundo. Al igual que Tiere, estaba sola, y no sabía cómo llevar a cabo mis sueños. Pero ahora tengo un puñado de buenos amigos a los que pedir ayuda y consejo, y ellos me han animado a dejar a un lado todas mis dudas y mi timidez, y a dar el primer paso. Bien, pues éste es el primer paso. 

Me llamo Bea Magaña, y escribo historias. Fantásticas, Románticas, de Terror... escribo lo que se le antoja a mi Musa, no pienso en lo que se puede vender mejor o en lo que quieren las editoriales, escribo porque crear historias me hace feliz. Porque necesito escribir tanto como respirar. Y no escribo para entretenerte simplemente, sino para hacerte sentir algo. Dicen que lo consigo. Dicen que no importa qué genero toque, mi prosa emociona y mis historias llegan al corazón de quienes las leen. 
Bien, pues ha llegado el momento de mostrar esas historias al mundo. 

Voy a ser leyenda es el título de una de mis novelas. Te hablaré de ella, y entenderás por qué lleva ese título que parece una declaración de intenciones algo prepotente, viniendo de una autora desconocida que aún no ha publicado su primer libro. Lo cierto es que me gustó, y decidí adoptarlo como grito de guerra. Quién sabe... podría ser que llegara  a conseguirlo ;)

¿Te quedas conmigo para descubrirlo?

domingo, 10 de marzo de 2013

De dragones y de zombis, y de mucho más...


Hablemos de dragones, de fuerza, de esperanza. Hablemos de zombis, del miedo, del futuro. Hablemos de mujeres independientes y fuertes que rescatan a hombres que no son príncipes, pero que son amados como tales. Hablemos de rocanrol, de amistades inquebrantables, de lealtad, de celos, de sentimientos.
Hablemos de lo que escribo, y de por qué lo hago, y de por qué te gusta leer mis textos.

Hablemos de sueños, de historias que no se pueden etiquetar; de desmontar tópicos, de originalidad, de talento.
Hablemos de literatura. Hablemos de escribir, de leer, de corregir.
Hablemos de compañerismo. Hablemos de publicación tradicional, de Amazon, de Wattpad, de las redes sociales, de blogs, del mundo editorial. Hablemos de crítica constructiva, de lo que nos gusta, de lo que no nos gusta, siempre desde el respeto. Aprendamos unos de otros.
Hablemos de lo que nos inspira. Hablemos de autores, de música, de cine, de cómics.
Hablemos de lectores y de escritores.
Hablemos de lo que escribes, de por qué lo haces, de lo que he visto en tus textos.
Hablemos.
Hablemos de ti y de mí.

Hablemos de la timidez, del miedo, de la inseguridad, de los obstáculos que nos encontramos y de los que nos ponemos nosotros mismos. Hablemos de lo que haremos para superar esos obstáculos. Hablemos de batallas ganadas, de sueños cumplidos, de lectores satisfechos. De editoriales que no quieren ver cuánto talento hay aguardando en las sombras, esperando ser descubierto. De lo que podemos hacer para cambiar eso.
Queremos que nos lean. Que no nos ignoren por ser noveles y tener apellido español. Que nos respeten, que reconozcan nuestro talento. Salgamos de las sombras, perdamos el miedo.
Hablemos, podemos ayudarnos, trabajemos juntos para conseguir lo que todos deseamos.

Todo el mundo tiene un sueño que desea ver cumplido. Yo tengo varios. Y voy a luchar por ellos. Mi batalla empieza hoy, aquí. Ha llegado el momento de abandonar las sombras, de dar la cara y decir, con orgullo: soy escritora, y esto es lo que hago.
Los sueños no se cumplen solos. Ha llegado el momento de ser el dragón, eliminar a los zombis y rescatar al príncipe en apuros. Se acabó ser tímida. Por mí, por ti, por esos lectores que esperan que me deje de excusas y empiece a publicar.

¿Quién dijo miedo?